—No me vuelvas a besar, Dastan —dije en voz baja, pero firme, llevándome una mano a los labios aún tibios por el contacto. Él me observó un instante, ladeando la cabeza como si intentara descifrar si hablaba en serio o si me estaba engañando a mí misma. —Parece que no te gustó —respondió con tono suave, casi burlón—. Pero me correspondiste, Zara. Cerré los ojos un segundo, maldiciendo internamente lo cierto que era. Me crucé de brazos, apoyándome contra la pared del baño, luchando por mantener la compostura. —Es porque estoy muy borracha —dije finalmente, apretando la mandíbula. No quería que sonara como una excusa, pero lo era. En parte. Dastan sonrió. Esa sonrisa suya tan suya. Descarada. Casi con ternura. —No lo parece —murmuró, y dio un paso atrás, como si supiera que ya había id

