No recuerdo cuánto tiempo estuve en el suelo de mi oficina, abrazada a mis propias rodillas, conteniendo un llanto que ya no tenía forma de detener. Solo sé que cuando me levanté, el atardecer teñía los ventanales de naranja y mi cuerpo se sentía como un campo de batalla abandonado. El maquillaje corrido, la garganta ardiendo, y las manos temblorosas, como si incluso ellas supieran que había cruzado un límite. Fui al baño. Me lavé la cara con agua fría, me miré al espejo y no reconocí lo que vi. No era solo tristeza. Era vergüenza. Era culpa. Era ese silencio tras una explosión en el que uno aún espera escuchar los escombros caer. No volví a mi escritorio. Recogí mis cosas y salí sin despedirme de nadie. No hubiera podido fingir ni un "hasta mañana". Esa noche, la ciudad me pareció más

