CAPÍTULO CINCO (VALERIA)

2605 Palabras
La dirección que marcaba el mensaje estaba a unas calles del campus. Caminamos en silencio, Ireland y yo, con las manos en los bolsillos y los pensamientos demasiado ruidosos para hablarlos en voz alta. La calle era tranquila, con casas bajas, árboles en las aceras y farolas que parpadeaban como si dudaran de sí mismas. Nos detuvimos frente a la casa. Era normal, demasiado normal. No había coches en la entrada, ni luces encendidas, ni señales de vida. —¿Es esta? —preguntó Ireland, asomándose a la pantalla de mi móvil. —Sí —le respondí, sin estar del todo segura. Pero el mapa era claro. Esperamos unos minutos. Luego unos cuantos más. Y nada. Me senté en el bordillo de la acera. Ireland dudó un poco, pero al final se sentó a mi lado. El frío de la piedra se colaba por los vaqueros, pero no me moví. Ella tampoco. —¿Qué esperas de él? Me pilló por sorpresa. La miré un segundo y después bajé la vista. —No lo sé —murmuré, encogiéndome de hombros. —Zara… —dijo ella en voz baja— no quiero que te rompa el corazón. Tragué saliva. Lo supe en su tono. No hablaba por celos, ni por proteger a su hermano. Hablaba por mí. —Sé cómo es Dan con las chicas. Lo he visto toda la vida. Es encantador, atento, sabe cuándo sonreír, cuándo decir lo justo. Pero también se aburre. Cambia de dirección sin previo aviso. Y no quiero que eso te pase. No quiero tener que odiarlo por hacerte daño. Me quedé en silencio, girando una piedra pequeña entre los dedos. No sabía qué decir. —No quiero perderte —añadió. —Yo tampoco quiero que esto nos cambie —susurré. —Pero ya nos cambió, ¿no? Asentí. Me dolía admitirlo. Porque sí, todo estaba distinto desde que Dan se metió en medio, aunque ninguno lo hubiese planeado. Él apareció en mi vida como una ráfaga y, sin darme cuenta, yo le había abierto la puerta de par en par. —No planeé sentirme así —le dije—. Solo pasó. Con Dan… me siento bien. Me hace reír. Me escucha. Pero desde que volvió Valentina, siento que estoy compitiendo, como si tuviera que demostrar que merezco estar a su lado. Ireland negó con la cabeza. —No deberías sentir eso. Si alguien te quiere, de verdad, no te hace cuestionar tu lugar en su vida. No te pone a dudar. Sus palabras me atravesaron como una flecha certera. Me dolieron, porque eran verdad. —¿Crees que debería alejarme? —pregunté, con la voz más pequeña de lo que me habría gustado. —No puedo decirte qué hacer. Solo sé que si un mensaje anónimo y una mirada entre ellos dos te pueden desarmar así… tal vez lo que tenés ahora mismo no es tan fuerte como pensabas. Asentí en silencio. Y entonces, por primera vez en días, hablamos de verdad. No de Dan, no de Valentina. De nosotras. De cómo empezó nuestra amistad. Lloramos un poco. Y cuando me abrazó, con fuerza, con todo el cuerpo, sentí que el mundo, por un momento, dejaba de tambalearse. No apareció nadie. Nadie abrió la puerta. Nadie me dio respuestas. Pero esa noche, mientras el frío me calaba los huesos y Ireland se apoyaba en mi hombro, entendí algo que había olvidado: a veces, no es lo que una busca lo que encuentra, sino lo que una necesita. Y yo la necesitaba a ella. Justo cuando pensaba que esa noche no podía volverse más extraña, la puerta de la casa se abrió con un chirrido suave. Me puse de pie de inmediato, y sentí a Ireland tensarse a mi lado. Una chica salió. Tendría más o menos nuestra edad, el pelo castaño oscuro recogido en una trenza despeinada, y una chaqueta vaquera demasiado grande para su cuerpo menudo. Caminó hacia nosotras con pasos inseguros, como si dudara si hacerlo o no. Cuando estuvo a unos metros, me miró directamente a los ojos. Y sonrió. Pero no era una sonrisa de burla ni de simpatía. Era triste. Como si le doliera algo muy dentro. —¿Eres Zara? —preguntó con voz baja, apenas audible. Asentí, sin saber si debía quedarme quieta o salir corriendo. —Soy Valeria —dijo, tendiéndome la mano—. La hermana menor de Valentina. Ireland la miró de arriba abajo con desconfianza. Yo dudé un segundo, pero acepté el apretón. —Tengo que hablar contigo —añadió Valeria, lanzando una mirada alrededor, como si temiera que alguien la estuviera siguiendo—. Pero no aquí. Vamos por allá, por favor. Caminamos las tres hasta el banco de piedra bajo un árbol cercano. Cuando nos sentamos, Valeria entrelazó los dedos sobre sus rodillas y bajó la mirada. —Valentina no sabe que estoy aquí —empezó—. De hecho, si se entera, me mata. Pero te vi en la fiesta. Y luego vi lo que pasó en el baño. Y cuando me enteré de que alguien te mandó la ubicación, supe que tarde o temprano llegarías. La miré con el corazón en la garganta. Ireland no decía nada, pero estaba tan alerta como yo. —¿Por qué querías hablar conmigo? —pregunté finalmente. Valeria alzó la vista. Tenía los ojos parecidos a los de su hermana, pero sin esa dureza. Los suyos eran dulces, sinceros. Y en ese momento, llenos de culpa. —Porque me siento parte de todo esto. Porque sé cosas que nadie te ha contado. Cosas que deberías saber antes de seguir metida en esto con Dan. Su nombre en su voz sonó como una advertencia. —¿Qué cosas? —pregunté. —Dan… —hizo una pausa, como si no supiera por dónde empezar— Dan se obsesionó con Valentina. Desde el primer año. Ella era mayor, más segura de sí misma. Lo volvió loco. Y aunque al principio parecía solo un juego, se convirtió en algo más. Hasta que la conquistó. Me mordí el labio. Eso no era nuevo. —Pero lo que nadie sabe —siguió Valeria, con la voz más tensa— es que, mientras estaba con Valentina, él… también me buscó. Yo era tonta. Era la hermana menor, la que siempre miraba desde lejos. Y cuando él empezó a hablarme, a prestarme atención, me sentí especial. Caí. Muy rápido, muy fuerte. Y él… él me hizo creer que sentía algo especial. El estómago se me dio la vuelta. —¿Tú y Dan...? —empecé a decir, pero no pude terminar. Valeria asintió. Su voz temblaba, pero hablaba igual. —Estuvimos juntos. A escondidas. Durante semanas. Yo me sentía viva, como si por fin alguien me viera. Hasta que Valentina nos descubrió. Nos encontró en su cuarto. Fue… horrible. Ireland apretó los puños sobre sus rodillas. Yo no podía reaccionar. Me sentía como si me hubieran vaciado por dentro. —Se pelearon —continuó Valeria—. Y Valentina y yo. Fue la primera vez que me levantó la mano. Me llamó de todo. Y a Dan… a Dan no le importó. En cuanto estalló el escándalo, me dejó de hablar. Como si nunca hubiera pasado. Me bloqueó de todas partes. Dijo que yo había malinterpretado todo. Que él solo quería distraerse. Se le quebró la voz. Yo solo podía mirarla con los ojos abiertos de par en par, incapaz de articular palabra. —Me fui a vivir con mi tía unos meses. Fue una crisis familiar terrible. Valentina se fue a Berlín porque no podía verlo más. Pero ahora ha vuelto. Y no es solo para cerrar una historia, Zara. Volvió para vengarse. De Dan. Y de cualquiera que esté cerca de él. —¿Y tú? —logré preguntar— ¿Por qué me cuentas esto? Valeria me miró con lágrimas en los ojos. —Porque te vi. Y me recordaste a mí. A cómo yo estaba. Ilusionada. Esperando algo que nunca iba a llegar. Y no quiero que te pase lo mismo. Nos quedamos en silencio. Una ráfaga de viento levantó las hojas secas del suelo, arrastrándolas en espiral. Todo me daba vueltas. Dan. Valentina. Valeria. El pasado. Las mentiras. El presente. Ireland fue la que rompió el silencio. —¿Y qué quiere tu hermana ahora? —Lo que no pudo tener antes —respondió Valeria—. Poder. Control. Hacer que Dan sufra. Aunque eso signifique hundir a los demás. Yo me levanté despacio. El corazón me latía con fuerza. No sabía si estaba a punto de llorar o gritar. Valeria se levantó también. —Perdona si te he hecho daño con esto. Pero prefiero que lo sepas ahora. Antes de que sea tarde. Asentí. No confiaba en mi voz. Ella se fue caminando sola por la acera, con la cabeza baja. Ireland me puso una mano en el brazo. —¿Estás bien? No lo sabía. Pero una cosa sí tenía clara: ya no podía mirar a Dan de la misma forma. Cuando Valeria se alejó por la acera, me quedé de pie como una estatua. Tenía la cabeza hecha un torbellino, el pecho apretado y un sabor amargo en la garganta. No podía moverme. Ireland se acercó despacio y, sin decir nada, me rodeó con los brazos. Me sostuvo con fuerza, con esa calidez silenciosa que solo tienen los abrazos que nacen del cariño de verdad. Me aferré a ella como si me estuviera hundiendo. —Quiero ir a casa —murmuré después de un rato, con la voz rota—. Solo quiero meterme en mi cama y desaparecer. Asintió sin soltarme. —Vamos. Caminamos juntas de regreso al campus. Ya no hacía frío, o tal vez mi cuerpo se había entumecido tanto que no podía notarlo. No hablábamos. Solo se escuchaban nuestros pasos, acompasados, sobre la acera desierta. Subimos las escaleras del edificio en silencio, abrimos la puerta de la habitación, y una vez dentro, me quité los zapatos sin siquiera mirar dónde caían. Me metí directamente en mi cama y me acurruqué, hecha un ovillo. Ireland se sentó a mi lado y, después de dudar un segundo, se metió también bajo las mantas. Me abrazó por detrás, apoyando la frente en mi espalda. No hizo preguntas. No me obligó a hablar. Y eso fue todo lo que necesitaba. Ireland me abrazaba en silencio, apretándome como si intentara protegerme del mundo. Y por unos minutos, el mundo dejó de doler. Me dejé arrullar por su respiración tranquila, el calor de su cuerpo, esa sensación de “estás a salvo” que solo una mejor amiga puede darte. Pero entonces, su teléfono sonó. La vibración corta, seguida de un parpadeo de luz en la mesita, rompió la burbuja. Ireland estiró el brazo sin muchas ganas y leyó la pantalla. Se quedó en silencio unos segundos. —¿Todo bien? —pregunté, sin moverme. Ella dudó, pero respondió: —Es Jeremy. La miré de reojo, sin necesidad de decir nada más. Desde que lo conoció hacía unas semanas, se habían visto varias veces. Y aunque al principio ella fingía que era “una amistad cultural”, yo sabía perfectamente que le gustaba. Mucho. —¿Qué dice? —Está cerca. Dice que salió antes de una cena y que quiere pasar a verme. Que tiene algo para contarme. Se quedó mirándome como si necesitara mi permiso. —Ire… puedes ir. Estoy bien. —No sé si dejarte sola es una buena idea ahora mismo. —Lo es. De verdad. Me voy a quedar en la cama. No voy a salir corriendo a ningún sitio. Solo necesito un rato de silencio. —¿Segura? —Segura. Suspiró, como si le doliera tener que elegir. Pero sabía que podía irse tranquila. Se levantó, se puso una chaqueta, me dio un beso en la frente y salió después de prometer que volvería pronto. Me quedé mirando el techo, abrazada a mi almohada, con el cuerpo entumecido y la cabeza todavía dando vueltas con todo lo que Valeria me había contado. Casi me estaba quedando dormida cuando escuché la puerta abrirse. No llamaron. No tocaron. Solo giraron la llave y entraron. Dan entró como si nada, como si no acabara de romperme el corazón unas horas antes. Llevaba una botella de agua en la mano, se veía bastante borracho. —Te estuve buscando por toda la fiesta —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Me preocupé cuando desapareciste. Me incorporé en la cama de golpe, fulminándolo con la mirada. —¿En serio? ¿Esa va a ser tu entrada triunfal? ¿Decirme que me buscaste? Frunció el ceño, confundido. —Zara… —No. No me digas mi nombre como si eso arreglara algo. No mientas. Te vi. Te vi con Valentina. Se quedó quieto. —Zara, no fue lo que parece. —¿En serio vas a tirar del “no es lo que parece”? ¡La fórmula mágica de todos los infieles y cobardes! ¿Qué era entonces, Dan? ¿Un reencuentro platónico donde ella te acariciaba la cara y tu le sonreías como si yo no existiera? Él dio un paso hacia mí, pero levanté la mano. —No te acerques. No ahora. No después de lo que sentí cuando te vi ahí, parado, sin moverte. ¡No hiciste nada! No te alejaste, no me buscaste, no me mandaste un mensaje hasta dos horas después. Y mientras tanto, ¿qué? ¿Rememoraban su romance europeo? Dan bajó la cabeza. —No quería que lo vieras así. —¡Pues podrías haberlo evitado! ¿No querías que lo viera? ¡Entonces no lo hagas! ¿Qué parte de “estoy contigo” significa “me dejo acariciar por ninguna mujer en una fiesta donde estoy yo” ¡Porque si eso es estar conmigo, prefiero estar sola! —Zara, yo te quiero. —No. Tú no sabes querer. Tu sabes buscar lo que te conviene, lo que te hace sentir bien un rato. Pero cuando se complica, cuando alguien se enamora de verdad… te escondes. Te vas. Como hiciste con Valeria. Su cabeza se levantó de golpe. —¿Qué…? —Sí, Dan. Hablé con tu pasado. Con tu error. Con esa chica que enamoraste mientras estabas con Valentina, y que después descartaste como si no fuera nada. Como si no fuera una persona. ¿Eso vas a hacer conmigo también? ¿Dejarme cuando ya no sea divertida? ¿Cuándo me vuelva demasiado real? Sus ojos se llenaron de una mezcla de miedo y vergüenza. —No fue así… —Fue exactamente así. Y no voy a dejar que me pase lo mismo. No gritaba. No lloraba. Pero dentro de mí, algo estaba ardiendo. Algo que no podía apagar. Dan dio un paso atrás. Se quedó mirando la habitación, como si buscara algo en lo que apoyarse. Pero no había nada. —Zara, por favor… no me cierres la puerta así. —No la estoy cerrando, Dan. Te la estás cerrando tú. Cada vez que eliges callar, cada vez que eliges mentir con esa sonrisa tuya. Cada vez que me dices que no pasa nada, cuando pasa todo. Silencio. Y entonces, con la voz más firme que tenía, dije: —Te quiero. Pero no me voy a destruir para que tú estés cómodo. Dan asintió. Una sola vez. Con los ojos vidriosos. Y sin decir más, se fue. Cerró la puerta con cuidado. Como si yo fuera de cristal. Me dejé caer otra vez en la cama. Pero esta vez, no lloré. Ya no.
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