No fui a buscarlo. No aún. Me quedé en mi despacho con las manos entrelazadas, como si así pudiera contener el temblor que me recorría por dentro. Era irracional. Habíamos compartido mucho más que un edificio. Mucho más que un amor. Y sin embargo, la sola idea de enfrentarme a sus ojos me paralizaba. ¿Me miraría con desprecio? ¿Con indiferencia? ¿Con dolor? Cerré la pantalla del ordenador. Ya no podía fingir concentración. El murmullo del pasillo iba disminuyendo, como si la presencia de Dastan hubiese sido una ráfaga que agitó el aire y luego se escondió tras una puerta cerrada. Tomé el café que Clara había dejado horas antes y, al descubrirlo frío, lo llevé a la pequeña cocina de empleados, solo por tener una excusa para moverme. Al volver, me crucé con Mateo, del equipo de market

