Mientras las tres mujeres seguían planificando sus maldades, Vincenzo llegaba a su departamento buscando desesperadamente a Dana. Salir del hospital y comprobar que ella se había marchado no fue algo grato para el hombre, miles de dudas y conjeturas se agolpaban en su mente que no dejaba de maquinar intentando saber qué era lo que le podría haber ocurrido. Al entrar al departamento buscó con la mirada el objeto de su preocupación y un sonoro suspiro se dejó oír al ver allí a Dana, sentada junto a la ventana observado la ciudad con una tasa de té en la mano. Fue una visión sublime, majestuosa, adorada. Era el epítome de la belleza en estado puro, de eso estaba completamente seguro. Vincenzo caminó con paso firme hasta el sofá en el que se encontraba la belleza sentada y se arrodillo frent

