Emira despertó tarde aquella mañana. Quizás los nervios de compartir la cama con el hombre al que juraba odiar pero que, a la vez, era quien envolvía su cintura como si se fuese a escapar fueron los que la llevaron a desvelarse. Al abrir los ojos, en la mesa de noche encontró una hoja blanca escrita casi por completo por una pulcra caligrafía. Sacudió sus ojos mientras se levantaba para estirarse y fijarse si Jordan estaba en el baño pero supuso que se habría marchado. Fue a asearse y a ponerse unos pantalones de yoga grises junto a una camiseta de tiros color salmón, amarró su cabello en una trenza desprolija y al salir miró el escrito, sentándose en la misma orilla de la cama donde hacía horas había sido fornicada por Jordan, tomó la nota para leerla con atención. “Trabajo, roncas

