Capítulo 5: ¿Dónde estabas...?

2171 Palabras
La decoración es exquisita, moderna y que deja notar que aquel hombre no es un simple administrador, él debe ser el dueño del lugar en donde se conocieron. Tiene tantas interrogantes, pero no quiere preguntar por temor a molestarlo otra vez. Se deja guiar por la casa, se mantiene con expresión neutra y de vez en cuando, cuando Mateo le explica algo, ella solo le da una sonrisa. Para cuando terminan en la cocina, Mateo se la queda viendo con el ceño fruncido, la lleva a una de las banquetas de la barra y se para frente a ella, con sus manos entre las suyas. —Dime, mi hermosa Vania, ¿no te gustó mi hogar? —Sí, es muy lindo —le dice ella sin mayor emoción, aunque en verdad es mucho más que eso. —No se nota, a penas asentiste cuando te la mostraba y ahora no veo emoción en tu rostro o tus palabras. Mira, si no te gusta, podemos irnos a… —No, Mateo, en verdad me gusta, es muy linda, pero… —Vania baja la mirada y Mateo la nota nerviosa. —¿Pero qué? —le dice algo molesto y ella suspira. —No quise parecer emocionada ni hacerte preguntas, porque temo que te enojes como en el avión. —Te pedí perdón por eso y te prometí que no volvería a pasar, no hagas que me disculpe de nuevo —ella lo mira con cara de «ahí vamos de nuevo» y él suspira con frustración—. Sí, tienes razón, pero en verdad no tienes qué temer. Pregúntame lo que quieras, prometo no molestarme. —¿Cuál es tu trabajo? No creo que sea uno normal, porque tienes esta casa, el jet… —¿Importa eso ahora? —En realidad, no mucho, pero sí importa, en especial si me entregué a ti… ¿no se supone que debería conocer más al hombre al que dejé que fuera el primero? —Hagamos algo, te dejaré adivinar, pero no quiero que hablemos de eso, en verdad me pone de malhumor. —Bien… —le dice ella bajándose de la banqueta y explorando el lugar por sí sola—. En verdad me encantó, es preciosa. Es como una de esas casas que suelo encontrar en los libros del siglo XIX, debe ser mágico estar rodeado solo de la naturaleza, sin tener que lidiar con los vecinos molestos. —Tengo algunos vecinos, pero lo suficientemente lejos —ella lo mira con esa sonrisa que va desarmando sus barreras. Vania se dirige por aquel lugar hasta llegar a una puerta que Mateo no abrió antes para ella, él adivinando que quiere ver qué hay dentro, niega suavemente. —Nada importante, es una oficina en donde suelo trabajar. —Permíteme verla, por favor, quiero ver cómo trabajas. Mateo la mira con intensidad, como si quisiera saber qué piensa Vania en ese momento, pero termina abriendo la puerta para que ella conozca el lugar. Sin embargo, nunca se imaginó la expresión de ella al entrar. Se ha quedado con la boca abierta ante los estantes con cientos de libros, corre hacia uno, saca un ejemplar y lo mira sin poder creérselo. —¡No puede ser! Tienes una primera edición de Hamlet… está perfectamente conservado —le dice ella analizando el libro entre sus manos. Esta vez, en lugar de molestarse, Mateo sonríe al verla como una niña con un juguete entre sus manos. «¿Tienes idea del valor que tiene este libro? —le cambia la cara de inmediato, porque asume que se refiere al valor monetario, pero Vania que no se da cuenta sigue hablando—. Es una de las obras más importantes de la literatura inglesa, su valor para la cultura es invaluable, de esta obra se inspiraron muchas más y es la más larga que William Shakespeare escribió. Es un tesoro de la literatura mundial. Mateo relaja la expresión, debe meterse en la cabeza que ella no es igual a las demás, pero es algo que no dejará de pensar de un momento a otro. Vania deja el libro en su lugar y sigue mirando cada uno de los ejemplares, algunos la hacen fruncir el ceño, mientras que otros la hacen poner esa expresión de asombro que simplemente adora. La ve quedarse en donde tiene libros más modernos, camina hacia ella y la abraza por la espalda, sus manos comienzan a recorrerla, mientras que Vania se deja envolver por esa pasión desbordante que siente. —No creí que el lugar que para otros es el más aburrido, para ti sería el más bello de la casa. —Te dije que me gusta, los libros son lo mío. —Creo que no debí dejarte entrar aquí, porque te voy a perder —ella se gira para enfrentar su mirada y le acaricia el rostro. —¿Me consideras tuya como para decir que me perderás? —su pregunta sale con suavidad, pero descoloca a Mateo de todas maneras, precisamente por eso. —Sabes que esto es solo por unos días, para… —No digas nada, prefiero pensar que para mañana todo se terminará, es mejor. Se separa de Mateo y sale de allí, dejándole un vacío que lo aterra, camina tras ella y la ve ir a la cocina por un vaso de agua. La observa beber mientras mira por la ventana, se acerca a ella y nota que dijo algo que no debía, pero era necesario. Él no tiene relaciones serias, menos con una niñita. —Vania, no tiene sentido que pensaras que llegaríamos a algo más. —Tienes razón, no te juzgo. Solo es duro… —lo mira a los ojos y puede ver que ella está aguantando las lágrimas, pero aun así no aparta la mirada—. Acabo de pelearme con mi hermano y de quedarme sin casa por pasar unos días contigo. Nuestro «revolcón» me costó muy caro. Deja el vaso en el lavaplatos, sale de allí con decisión y camina a la salida. Mateo la sigue sin poder creer que vaya detrás de una mujer, que quiera hacerla sentir más segura y pedirle disculpas, pero siente que si no lo hace, ella se irá y él se quedará con las ganas de disfrutar su cuerpo. Puede hacer lo que ha hecho antes, ilusionarla, gozarla hasta hartarse y luego botarla. No tiene por qué darle más vueltas al asunto. La alcanza cuando está hablando con una de las señoras del servicio, preguntándole por su equipaje. —Ya lo llevamos al cuarto del señor. —Si me dice dónde está, para ir por el, por favor. —Vania… —la mujer del servicio se esfuma de allí, porque conoce perfectamente el mal genio de su jefe—. ¿Qué pretendes hacer? —Irme, no tiene sentido que me quede con un hombre que quiere algo de mí que ya le di. Prefiero regresar antes de que me eches como si fuera una puta a la que ya te follaste hasta quitarte las ganas. —No me hables así —le dice él con voz peligrosa, la ve temblar, pero no le baja la mirada. —Dime, ¿me ves diferente a eso? Tu intención siempre fue traerme para eso y yo lo sabía, pero no puedo más con esa actitud tuya de pensar algo y hacer algo diferente… tengo miedo. —¿Tienes miedo? ¿De qué? —se acerca a ella, le acaricia la mejilla donde se le ha escapado una lágrima y ella cierra los ojos. —De sentir por ti algo que no será correspondido, de enamorarme, pero que luego me saques de tu vida. nunca sentí esto por nadie y eso me da mucho más miedo. —Vania, no te vayas, deja que las cosas fluyan estos días, permíteme mostrarte cómo puede ser estar a mi lado —ella lo ve a los ojos y se da cuenta que Mateo está luchando con sus sentimientos, pero que en realidad siente el mismo temor. Asiente levemente, él la toma de la mano, la lleva por la escalera y caminan por el pasillo, Vania sintiendo que esa electricidad que los atrae crece a cada segundo. Mateo abre una puerta, dejando ver una enorme cama con dosel, de color blanco, con cojines azules. Mateo cierra la puerta con seguro, se quita la ropa superior y deja que Vania pase saliva admirando su torso desnudo. Se acerca a ella como un depredador al acecho, le toma las manos y las posa en su pecho, luego le toma el rostro con sus manos, para besarla con pasión. Ella recorre el cuerpo del hombre con las ganas de sentir más. En pocos minutos los dos terminan en la cama, disfrutando sus cuerpos. Mateo se siente extasiado, por completo abrumado de lo que aquella pequeña chica le hace sentir, no puede dejar de admirarla mientras se vuelve hielo derretido frente al calor de su deseo. Vania, por otro lado, no deja de sentirse única entre los brazos de Mateo, que logra sacar algo de ella que no sabía tenía. Una sensualidad que siempre reprimió para no ofender a nadie y para no avergonzar a su familia, el descubrimiento de su sexualidad, de lo delicioso de experimentar. Se deja enseñar por Mateo cada una de las posiciones que a él le sirven para amarla, sin dejar de disfrutarlas porque con él sabe que no hay pudor, no hay vergüenza, solo hay una entrega íntima y poderosa que será difícil romper cuando tengan que separarse. Para la tarde, Vania descansa cansada, dormida con su cuerpo enredado entre las sábanas, el cabello desparramado por la almohada y una sonrisa satisfecha. Mateo está en la ventana mirando el campo que rodea su casa, de vez en cuando la mira dormir y se pasa las manos por el cabello con desesperación. Si en un momento no quiso sentir más cosas por ella, ahora simplemente sabe que no podrá dejarla ir. Esa muchachita en menos de un día se había vuelto su adicción, tan necesaria para sobrevivir como el aire o el agua. Su mente quiere seguir la batalla contra el corazón, alegando que al fin y al cabo es una mujer, y que como todas debe estar trazando un plan para manipularlo, pero el corazón insiste en que ella es diferente y que quiere hacer todo lo posible para que ella permanezca a su lado por el resto de su vida. Frente a esa lucha interna, Mateo solo se decide a ir un día a la vez. Vania abre sus ojos y se sienta en la cama, se posa en Mateo, que va con un pantalón de algodón blanco y el torso desnudo, sale de la cama cubriéndose con la sábana y se acerca a él con menos timidez que antes. —No me tortures así —le dice quitándole la tela de encima, dejándola caer al suelo y admirando su desnudez—. Quiero verte desnuda, disfrutar de la vista prodigiosa que tu cuerpo me da. —Nunca me sentí así, nunca nadie me hizo sentir hermosa o deseable —le dice ella con suavidad—. Nunca nadie se fijó en mí como tú. —Me alegra saberlo, porque eso me dice que estás rodeada de ciegos —sus manos la atraen a su pecho y ese contacto de piel con piel lo enloquece—. ¿Dónde estabas, Vania Makris? ¿Por qué no te conocí antes? —Supongo que por allí… esperando por ti. Posa sus fuertes manos en las nalgas de Vania y la pega a su cuerpo, para no dejar que ni el aire la separe de él. Consiguen separarse unos segundos, justo cuando el estómago de Vania hace un ruido extraño, recordándoles que no han comido nada desde el desayuno. Se van a la ducha, en donde vuelven a probarse de maneras distintas, se visten y bajan para comer una rica cena. Al terminar, Mateo lleva a Vania a recorrer parte de la villa, en donde pueden admirar el cielo estrellado, ya que no hay luna. Mientras caminan por el lugar, no pierde detalle en la mirada de asombro de Vania, quien parece estar disfrutando de ese paseo más que cualquier otro lujo. Nunca hizo algo como aquello, porque en realidad nunca tuvo la oportunidad, ninguna mujer buscó pasar tiempo con él, solo sexo y otras cosas. Le acaricia los nudillos, ella lo mira y lo mira algo confundida. —¿Pasa algo? —Tú… eres tan diferente, tan extraña, tan única, que me pregunto por qué no llegaste antes a mi vida. —Tal vez porque ninguno de los dos estaba listo para conocerse —Mateo se siente vulnerable, pensando en que aquello iba demasiado rápido, pero ha perdido tanto tiempo que ya no quiere perder más. La toma con suavidad, la besa con ternura y allí, con ese beso bajo las estrellas titilantes, se dejan llevar por sus sentimientos, sin saber lo que después tendrían que vivir.
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