Capítulo 4: Acortando distancias

1547 Palabras
Capítulo 4: Acortando distancias  Lo observé permaneciendo estática sin poder creer lo que pedía. ¿No que no era bueno bailando? Asentí insegura, pero muda de los nervios. Estaba hiperventilando al sentir su cercanía. Hasta podía oler su perfume que era una mezcla de… Digamos que de algo varonil porque la cabeza no me daba para mucho en ese momento. Carlos me tomó de la mano y me condujo cerca de la mesa donde estábamos. Como el área de los asientos estaba sobre una base de unos 20 o quince centímetros, me ayudó a pararme sobre esta para que quedara de su tamaño. Bueno, quedé un poco más alta que él gracias a los tacones. Me tomó de la cintura y comenzamos a bailar despacio. Habían puesto una canción que jugaba con los sonidos y tenía una mezcla divina entre la guitarra, el bajo, las voces. El ambiente se había tornado pesado, pero con una vibra que era capaz de erizarme la piel. Carlos mantenía su mirada fija en mi rostro. —Solo puedo bailar así —dijo acercándose para que lo escuchara y dándome un soplo de su aliento. Puse mis manos en sus hombros llenándome de confianza y las crucé tras su cabeza. Habíamos disminuido las distancias y ambos parecíamos estar embelesados con el otro. O al menos yo lo estaba. Nos movíamos de forma suave de un lado a otro, sintiendo la calidez de nuestros cuerpos. Era maravilloso. Sin embargo, la canción cambió. —Esta la conozco —dije liberándome de su agarre y caminando hasta el centro de la pista. —Ven —grité. Alcántara me observó con desconfianza, pero no deje que su inseguridad me contagiara. Comencé a moverme elevando los brazos, mientras él me miraba. Noté que sus ojos me detallaban de arriba-abajo y le sonreí con confianza. Yo también le gustaba. Él se acercaba lentamente y yo no dejaba de moverme. Pasaba mis manos por mis caderas y luego movía con estas mi cabello. Su mirada era épica. Cuando estaba más cerca comencé a cantar siguiendo la música. —No te debí besar… Hey yeeah…. No me debiste besar… Cuando estuvimos frente a frente le di la espalda y bailé de forma sugerente. Sentí una de sus manos cerca de mis costillas y el calor que irradiaba su cuerpo detrás del mío. Aquel baile estaba pasando a otro nivel, porque más que bailar, sentía que estábamos comiéndonos el uno al otro en el medio de la pista. Técnicamente la ropa sobraba. Sin embargo, a pesar de esto ninguno de los dos nos habíamos propasado. Por ejemplo, yo no le había tocado una nalga o algo por el estilo y ganas no me faltaban. Pero, me contuve porque quería parecer una mujer seria. No les diré que soy una santa de mi casa, pero, Carlos Alcántara, iba a trabajar en donde yo trabajaba y yo no mezclaba el placer con los negocios. Nuevamente pusieron una canción lenta y me giré hacia él. Coloqué las manos tras su cuello y juntamos nuestras frentes. ¿Había dicho que no mezclaba los negocios y el placer? Lo decía bromeando señores, si Carlos daba el primer paso, yo le seguía el juego encantada. Y, estaba a punto de pasar, faltaba poco, casi podía sentir sus labios sobre los míos, pero un toqueteo insistente en mi espalda nos bajó de nuestra nube. —Lo siento por interrumpir —dijo Rocío entrecerrando los ojos y dedicándonos una mirada cargada de malicia —pero Teresa nos está esperando en el carro, dice que no se siente muy bien. Si las miradas mataran, yo hubiese matado a mi amiga en ese instante. Me alejé de Carlos haciendo una mueca y bufé con desgana. —Bueno creo que es hora de irme —le dije a él despidiéndome con la mano. Él asintió y me dedicó una rápida sonrisa que luego se transformó en una expresión seria. Mi amiga y yo abandonamos la discoteca con paso apresurado. En el camino, Rocío me contó que Teresa había comido algo que le cayó mal y estaba loca por ir al baño. —Ya sabes que los baños de estos lugares nunca son muy higiénicos. Cuando revisé mi teléfono, me percaté de que eran las 4:13 de la mañana. Teresa conducía a la velocidad de la luz una vez estuvimos en el auto y en cuestión de pocos minutos nos dejó a Rocío y a mí en casa de la pelirroja. Como buena amiga, Rocío se quedó en la puerta de su vivienda asegurándose de que yo llegara sana y salva a mi casa. No pudimos hablar de los hechos ocurridos en la disco, porque estábamos siendo condescendientes con Teresa quien se estaba haciendo del “número dos”. Pero, de cierto modo, quería reservar lo sucedo para mí. Esa noche, o mejor dicho, esa mañana, estaba segura de que iba a soñar con Carlos y así fue. *-*-*-*-*-*-*-* Estábamos en una piscina yo llevaba un traje de baño blanco con el cual se me transparentaba todo. Apenas me sumergí en el agua, él nadó hacia mí. Sus movimientos eran rápidos y en cuestión de segundos estábamos frente a frente. Carlos me levantó y me acercó a su pecho. Crucé mis piernas alrededor de su cuerpo y él llevó sus labios a mi boca. El beso fue frenético, cargado de pasión y lujuria. Sentí la humedad de su lengua y su delicioso sabor. Succioné su labio inferior mientras él me tomaba por el cabello y profundizaba el beso. Casi segundos después, sentí su erección. Su m*****o estaba firme y listo para la carga. ¿Y yo? Estaba más que lista. Mi cuerpo lo anhelaba. Era como el fuego, un fuego que me consumía y me llevaba a cerrar los ojos a causa del placer. Carlos, con una de sus manos movió mi traje de baño. Fue en ese instante en el cual me di cuenta de que estaba desnudo. Pero fue tarde, no pude complacer a mis ojos viendo su erección porque él no esperó y me penetró. Y fue así, con movimientos de caderas veloces, como él me hizo suya. Y se sentía divino… —Más rápido, más rápido —gritaba yo mientras le arañaba la espalda. —sigue, no te detengas. «Más fuerte, más rápido, más duro… Me gusta, así me gusta…» repetía mi mente una y otra vez. Hubiese seguido en aquello si no hubiese sido porque mi mamá abrió la puerta de mi habitación de golpe haciendo que esta resonara. —¿Estás bien? Te escuchaba diciendo incongruencias desde la sala. Ya el almuerzo está listo. ¿Todo había sido un sueño? Vaya cruel forma de enterarme. Abrí los ojos con pesadez y suspiré. —¿Qué estaba diciendo? —pregunté con voz pastosa. Mi mamá bajó la mirada y luego se rascó la cabeza. —La verdad no entendí, pero era como si te estuviesen torturando. Sonreí. Torturando de placer. Aquel día me sentía animada. Era sábado y por supuesto tenía trabajo. Mis días de descanso eran los domingos y los lunes. Me tocaba trabajar en la tarde, así que no tenía apuro. Él que supuse que si iba a estar híper cansado era Carlos, puesto que, si había ido a trabajar, seguro no habría podido dormir casi nada. En fin, después de mi sueño mojado me sentía repotenciada. Llevaba bastante tiempo sin tener nada de acción, así que aquello había sido una especie de liberación y quizá de pre-aviso. ¿Él y yo estaríamos juntos? Sentí la química cuando bailamos, pero, él era el chef más importante del país, mientras que yo era una simple mujer más. Bueno, simple no, porque el cuerpo que me gastaba no era nada simple. A pesar de ser bajita tenía senos firmes y medianos. Mis amigas aseguraban que tenía un trasero de infarto y una cintura pequeña. No me salvaba de la celulitis y de una que otra estría porque no era amante del ejercicio, aunque salía a trotar de vez en cuando, solo para apreciar la naturaleza (hombres hermosos por supuesto). Después de comer, alistarme, descansar un rato y darme algunos retoques, salí rumbo al trabajo. Cuando llegué no contaba con que mis compañeros de la mañana tendrían una revolución. —Ya nos contaron porque tuviste que pasarte al turno de la tarde —me dijo Vanessa apenas al verme. —No nos parece justo, así que recolectamos firmas para que regreses al turno de la mañana. Sonreí agradecida a mis compañeros de labor. No sabía que me tenían tanto aprecio, yo sí a ellos, pero desconocía que era mutuo. Todos nos abrazamos y vi que tenía el apoyo de la mayoría. —No se preocupen, estaré bien en la tarde. Vayan a sus casas, ya el turno de ustedes terminó. —No nos iremos hasta que el señor Giuseppe nos diga algo. Que te cambien solo por manías del nuevo chef no es correcto. Podrá ser el más reconocido de dónde sea, pero a nuestra cocina no llegará con sus ínfulas. —dijo Pedro, un cocinero de bastante antigüedad en el restaurante. Sin embargo, el silencio que invadió la cocina en ese momento fue monumental. Como siempre y apareciendo de forma inesperada, Carlos había ingresado a la instancia.
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