Altai se reencontró con el señor Urdus. El pequeño campamento que habían instaurado a orillas del río se extendía a lo largo con pequeñas tiendas de campaña. El señor Urdus corrió hasta el encuentro de Altai y se inclinó como saludo. El rostro pálido de Altai quedó fijo sobre la figura de Urdus antes de permitirle ponerse erguido. —¿Tienes algún reporte? —preguntó Altai. El señor Urdus aceptó. —La corte está muy dividida. Los clanes antiguos del kanato se oponen a la reina viuda Sekiz Oghuz. Sin embargo, los clanes de generales todavía la apoyan. Altai avanzó hacia el interior de unas de las tiendas y se sentó sobre el asiento cubierto con pieles de zorro n***o. Se inclinó hacia Urdus para indicarle un asiento a su lado. —La situación es complicada —comentó Urdus—. Temo que est

