Capítulo 3 (parte 2)

1860 Palabras
Se llevó una mano al pecho y levantó el mentón, con una agradable sonrisa. —Trágatelo porque es verdad. No suelo llevar a mujeres a la casa de mis padres. Posó una mano en mí espalda y ambos salimos del edificio. Una camioneta negra nos estaba esperando fuera, con la luz de la luna ya iluminándonos. El clima era agradablemente cálido. —¿Y por qué llevas a una sugar baby a la casa de tus padres? Max abrió la puerta trasera del coche, ayudándome a subir. Por lo que pude ver, alguien se encargaba de manejarlo y no él. —Ahora te lo explico. En cuanto me metí, cerró la puerta. Unos minutos a solas dentro del auto me hicieron pensar que aquella oferta de ser una sugar baby era muy tentadora. Quizás así podría saldar mi universidad y tener una profesión a la cual dedicarme. El oscuro coche me hizo sentir algo incómoda, y no paraba de respirar aquel olor a cuero. Max rodeó el coche y subió, ya que primero le dijo algo al chófer que no pude oír. Cerró la puerta y me miró, volviendo a poner su atención en mí. —Aunque te suene loco, tanto mi padre como mi madre tienen a su sugar. Ambos manifestaron que se aman, pero a veces necesitan salir con otras personas, conocer gente nueva. Los dos me han dicho que tener un sugar cada uno los ha ayudado como pareja. Asi que, esta noche se hará una reunión especial para conocerlos. No sabía si tomar eso como una relación sana o algo más terrorífico. —¿Y tus padres te obligan a llevar a una sugar baby? Se le endureció el gesto y apartó la mirada. El coche arrancó y se puso en marcha. —Mi padre insistió tanto en este tema que me ha vuelto loco. Es horrible recibir llamadas telefónicas de tus padres a las tres de la mañana y que te comenten todo el tiempo lo fantástico que es tener una relación así—soltó, en seco—. Me faltan cinco años para ser un verdadero sugar daddy, es por eso que insisten a qué pruebe este tipo de relaciones. —¿No puedes simplemente ignorarlos y ya? —No, es por eso que esta noche te haré pasar por una sugar baby para que crean que realmente tengo este tipo de relación. —Me resulta extraño que recurras a mí y no a tus conocidas. Me miró de hito en hito, cómo si hubiera dicho algo fuera de lugar. —¿Y que se peguen a mi cómo chicle? Si yo les digo que es sólo por una noche, continuarán insistiendo en querer ser una por el resto de sus vidas. Son capaz de arruinarme monetariamente, cuando te metes en un círculo así, debes saber en quién confiar. Cualquiera puede decirte que es un sugar daddy y quizás su intención es explotarte sexualmente. Entonces era más arriesgado de lo que pensaba. —Pero eso no explica por qué a mí. —Favor por favor. —Eso ya me ha quedado en claro —rodé los ojos —. Pero eso no te asegura nada. Quizás puedo ser el peor chicle que se te puede pegar por el resto de tu vida. Me fulminó con la mirada. —Espero que estés bromeando. Me eché a reír, pero me di cuenta que aquel comentario no le había hecho gracia. Público difícil el de aquella noche, señores. —No quiero tu dinero, Max ¡No soy esa clase de persona, lo acepto sólo porque lo tomo como un trabajo! Favor por favor—exclamé al instante, cruzándome de brazos. —Ya, lo sé, lo pillo. Pero no puedes negarme que ser una sugar baby no es algo tentador. —Sí, lo es —admití, sacando una pelusa imaginaria en el vestido con mis torpes dedos. Me miró fijamente a los ojos, llenos de frialdad y tomó mi mano que había posado recientemente encima del asiento del auto. —Ada, si esta noche uno de los señores o señoras te ofrecen este tipo de relación. No aceptes, tú no sabes quiénes son y qué quieren de ti. Prefiero ser yo el que te escoja un buen candidato que cumpla tus términos y no el de ellos. Esto no es una broma. Su voz distante y seca me había hecho entender que hablaba muy en serio, me hizo estremecer. —No haré nada que te haga enfadar —le susurré. Asintió y volvió la vista hacia la ventana. Yo lo imité. Era gracioso pensar que, aunque ambos estuviéramos merodeando en nuestros pensamientos, nuestras manos continuaban uno encima de la otra. Decidí mandarle un mensaje de texto a Hardi, mi vecino, para ver si todo marchaba bien en mi apartamento. Debido a la fuerte patada que Max lanzó contra ella para ingresar, la puerta parecía giratoria así que no tuve más remedio a qué alguien vigilara el apartamento hasta que yo regresará y así, podría contratar a alguien que arreglará la cerradura. Cuando me di cuenta, el coche aparcó frente un portón alto y oscuro, que hacía la unión entre dos muros de ligustrina. Las luces de la calle iluminaban su camino, haciéndome comprender que el terreno era inmenso y se perdía en algún punto de la calle. Luego de un momento, el portón se abrió de par en par y el auto accedió con lentitud. No pude ver demasiado detalles sobre el gigantesco jardín delantero ya que, el vidrio del coche estaba polarizo. Me sentía algo nerviosa, tímida y no sabía exactamente dónde me estaba metiendo. El auto aparcó junto a otros que ya se encontraban estacionados. —Permíteme, te ayudaré a bajar—me dijo Max, tan atento como siempre. Abrió la puerta, rodeó el coche y abrió la mía, mientras yo tomaba mi bolso, en silencio. —Demasiado callada. Seguro sigues sin confiar en mi, ciervito. —El termino ciervito comienza a irritarme. —Me alegra saber que te afecto en algo y que aún no saliste corriendo. —se río, ofreciéndome su brazo para sujetarme de él. Le sonreí y ambos comenzamos a caminar en dirección a la enorme e inmaculada mansión que tenía frente a mis ojos. Tuve que impedir que mi boca se abriera para disimular lo impresionante que era. Las luces ahora iluminaban el jardín, el camino de piedras blancas que llegaban hasta las escaleras de la entrada de incontables escalones blancos (toda la casa era de ese tono) y había tantas ventanas que perdí la cuenta al instante. Vi cómo Max desbloqueaba su celular y le mandaba un mensaje a alguien. Aparté la mirada al instante, no quería que pensara que me gustaba meter la nariz dónde no correspondía. —Les estoy avisando a mis padres que abran la puerta antes de llegar a ella, ya que son algo mayores y podrían tardar en abrirnos. —me explicó sin que le preguntara. —De acuerdo. Cuando llegamos a la puerta, me miró de arriba abajo y me sonrió, con los ojos chispeantes. —Estás tan hermosa—me dijo y yo sentí cosquillas en el estómago. —Todo por ti, amigo. Sus ojos viajaron a mis labios y luego subieron a los míos nuevamente. Mis mejillas se ruborizaron y aparté la mirada de la intensidad de la suya. Parecía que estaba por decir algo, pero la puerta se abrió. Una mujer de cabello canoso y largo, con un precioso collar que destacaba más que ella, se hizo presenten. Una sonrisa se expandió en su rostro apenas vio al hombre que tenía en frente. —¡Hola Maximiliano! —lo saludó ella, abrazándolo y él permanecía tenso en su lugar, con sus labios apretados y mirándome mientras se encoge de hombros—. Me alegra verte, hijo. La mujer puso su atención en mí y su rostro pasó de ser alegría a extrañeza. —Ella es Ada Gray, amiga mía, madre. La mujer me saludó con dos escasos besos en cada mejilla, sin decir una palabra. —Ella es…—le dijo en voz baja a él, como si yo no la escuchará. —Ella es lo que querían que trajera esta noche. Veo que tu rostro no demuestra entusiasmo, mamá. —Un gusto conocerla. —le dije a la madre de Max, tratando de salvar aquella situación tan incómoda y confusa que se había instalado entre los tres. La mujer me miró de arriba abajo, como si fuera basura pura. Mierda. Quería darle una bofetada por ser tan arrogante. Mi ánimo y mis expectativas empezaron a bajar. —La idea de esta noche era conocer el futuro gasto monetario de nuestro hijo. Por lo menos conseguiste a una joven con rostro de muñeca y cuerpo de universitaria—espetó ella, con cierto recelo. Max se puso a la defensiva al instante. —¡Mamá, por todos los cielos! —exclamó, consternado—. Tú y papá querían conocerla. Te la presento y la mira de una forma tan asquerosa que me ofende. Quería que me tragara la tierra. Sino me pagarán por ello, ya me hubiera marchado con la dignidad entre mis brazos. —Qué más da. Pasen—carraspeó ella, permitiéndonos el paso. —Por favor, no huyas. Es sólo por esta noche—me susurró Max tan bajito que apenas logré oírlo. —Deberás aumentarme el sueldo—bromeé. Tomó mi mano y evadió una sonrisa, ocultándolo detrás de su otro puño. Aquella sería la noche más larga de mi vida. La casa de los padres de Max era tan elegante que me recordé a mi misma que estaba presentable para la ocasión y no con la ropa de telas desgastadas que tenía hace pocas horas en el apartamento. Candelabros hermosos, pisos inmaculados y encerados, personas vestidas con tanta elegancia que brillaban por si solas, con copas en sus manos y risas seguramente falsas, invadían el lugar. Max saludaba a su paso a cada una, con un gesto de cabeza y levantando su mano, manteniendo la distancia. —Ejecutivos, jueces y juezas, dueños de algunas empresas importante. Cualquiera de aquí tiene dinero suficiente como para ofrecerte ser su sugar baby. Algunas de estas personas me dan asco—me comentó Max, mientras íbamos a algún sitio. —¿Tanto miedo tienes de perderme? —le dije, con gracia en mi voz. —Mi miedo es que recibas una oferta tan tentadora que te ponga en peligro—soltó, en seco. —No soy estúpida, Max—le respondí con el mismo tono de voz—. De todas las personas que están aquí, te obedezco a ti. —Ven, te presentaré a mi padre. Nos acercamos a un señor de traje oscuro, algo regordete y de baja estatura, que estaba de espalda a nosotros, hablaba animadamente con otras personas. —¿Papá? El hombre se dio vuelta y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Las piernas comenzaron a temblarme, sintiendo como estas se volvían gelatina, la respiración se volvió una gran dificultar y el mundo se había caído sobre mis pies. El padre de Max era Walter, mi ex jefe.
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