A Ralph y a Atlas les parecía ridículo una despedida de solteras, por muchas razones, las principales. Compartían una casa, un matrimonio y mil quinientos años de historia, pero no strippers ni bailarinas. No era una forma de despedirse de nada, sobre todo porque habían pasado mucho tiempo separados y para ninguno de los dos fue divertido, así que insistieron ampliamente en mantenerse libres de fiestas ridículas. De lo que Atlas creía que no podría librarse era de su familia. Su hermano había organizado una barbacoa en el enorme jardín de su casa para ver un partido, y los había invitado con un mes de antelación y había sido insoportable con que no podían faltar. Y Ralph parecía emocionado al respecto, así que ahí se dirigían. —¿Tú te acuerdas de que mi familia no es tu fan? —Sí, pero e

