Atlas había encontrado su propia espiritualidad, aproximadamente a los cinco años. Sus padres eran ateos y siempre habían pensado que más que un dios, había que nutrirse de diferentes creencias y sentimientos para poder vivir. A ella no le importaba ser la única creyente en su casa porque pasaban tanto tiempo en el hospital que de primera mano había visto las decisiones de un dios al que no conocía. Algunas familias saltaban de emoción mientras daban las gracias, y otras simplemente se preguntaban por qué, adónde y cuándo los habían dejado atrás. Ella creía en el poder de sentir y experimentar cada uno de los sentimientos. Por eso, cuando conoció a Ralph, no tardó en enamorarse y disfrutar de la vida y de lo que él le ofrecía. Siempre había escuchado que el amor era lo más bonito y podero

