Capítulo 4

1005 Palabras
  "Divórciate de mí." Esa frase me atravesó como cuchillo.   Eso sí que no lo vi venir. Aunque tuviera miles de millones de activos y pudiera conseguir todo lo que quisiera, esas palabras me hicieron sentir algo que nunca había sentido: verdadero miedo. Al principio fue shock, luego rabia, y terminó con un vacío inexplicable. Incluso perdiendo un contrato multimillonario, no me habría afectado tanto.   Jacinto tenía los ojos llorosos, enrojecidos. Esa mirada suya, terca y frágil a la vez, me dio duro. Esa expresión no se la había visto ni una sola vez en tres años de matrimonio. Siempre se había mantenido firme en las reglas: cero besos, solo sexo. Y tenía que admitirlo: el mejor sexo de mi vida. Sus labios suaves me llamaban, pero cada vez que me acercaba, me obligaba a frenar—un beso lo cambia todo. Y yo no quería amor en la ecuación. Me casé con ella por estrategia, para conseguir el puesto de CEO.   Es bien sabido: un hombre casado da mejor imagen ante los inversionistas. Los solteros huelen a drama, a impulsos, a problemas. Casado, uno proyecta estabilidad, autocontrol. Lo que buscaban era a alguien capaz de dominar un imperio, no a un adicto al escándalo.   Y, claro, a mi madre la quería volver loca. Ella quería una señora perfumada y elegante para mí; toda mi vida me tuvo atado. Pero ya venía siendo hora de que me saliera del molde. No es que la odiara—solo esperaba el día perfecto para decirle "ya basta" de frente. Por ahora, le tocaba ir a las cenas de caridad y sonreír.   La quería, pero necesitaba espacio. La sola idea de vivir con la esposa que ella eligió me hacía querer tragarme una bala.   El día que fui al hospital era para hablar con un inversionista. Y ahí fue donde la vi por primera vez: sola, derrotada, sentada en un rincón. Jacinto.   Desde ese primer cruce, supe que sería mi esposa. Sus ojos no eran dulces ni soñadores; eran duros. Tenía calle, sabía cómo moverse. No era una soñadora—era alguien con los pies en la tierra.   Me acerqué y le hablé.   Ella no se inmutó. Me evaluó, tratando de ver si decía en serio lo que proponía. Le dejé mi tarjeta, pensando que necesitaría tiempo.   Pero lo primero que dijo fue: "Señor, ¿podría pagar la cuenta del hospital ahora?"   Me dejó mudo. Con lo joven que era, uno pensaría que tendría ilusiones, sueños románticos… Pero no, ella lo aceptó sin rodeos.   Recuerdo que sonreí como nunca. "Claro, si aceptas mis condiciones."   Se quedó esperando, como si solo le interesara resolver lo urgente. Lo único que le preocupaba era si su madre recibiría el tratamiento a tiempo.   "No estoy buscando socia, sino esposa decorativa. Te presentarás en eventos, en silencio, con el porte que se espera. El resto del tiempo serás mi secretaria. Nadie sabrá que estamos casados. No harás escenas, no reclamarás nada, cero celos ni emociones. Nada de enamorarse. Ni un beso. Un beso es emoción. Y eso no encaja en mi plan."   Le prometí estabilidad, dinero, una casa, coches. Pero tenía que recordar siempre su rol: ser el adorno silencioso de este matrimonio por convenio. Si se enamoraba, terminaba todo. Sin excepciones.   No titubeó. Dijo sí al instante.   Tuvimos sexo la noche de bodas. Inolvidable. Después de eso, cualquier otra mujer me parecía un cascarón. Probé. Pero solo sentía hartazgo.   Me convencí: era su cuerpo lo que me tenía obsesionado. Fui su primer hombre, y la moldeé a mi gusto. Por eso la necesitaba.   Salía con mujeres, sí, para que Hyacinth pensara que seguía siendo el mismo Cary de siempre. Pero desde que nos casamos, no toqué a ninguna otra.   ¿Enamorarme? Por favor. Antes se apaga el sol.   ¿Divorcio? ¿Por qué coño haría eso?   Abrí la puerta del coche y la levanté en brazos. Ella se resistió. "¿Dónde queda la clínica de Portia? Porque parece que ya mismo la hago puré," dije.   Quería matarme. Eso me gustaba. Antes me molestaban sus ataques felinos. Ahora, empezaban a parecerme irresistibles.   Se me endureció al pensar en llevármela a la cama.   Entramos. La acorralé contra la puerta y le mordí los labios. Dios, su boca era un vicio.   Negaba con la cabeza, cerrando los labios con fuerza. Le metí la mano dentro de la ropa interior y toqué su punto débil. Gritó, sin poder evitarlo.   "Ah…" se escapó de sus labios.   Ahí aproveché, metí la lengua, jugué en su boca. Su saliva… maldita sea, me la bebí como si fuera la última vez.   La sentí temblar. La respiración errática, aferrándose a mi brazo. "Gary, no…", protestó suavemente.   "¿Estás segura?" Le sonreí con picardía mientras le abría el sujetador. Ya tenía los pezones duros. Sujeté una muñeca, llevé su pezón a mi boca y lo jugueteé hasta hacerla gemir.   "¡Gary! ¡No, por favor! ¡No voy a aguantar!" me rogó.   "¿Y qué quieres entonces?" le susurré al oído.   La vi luchar consigo misma, mordiéndose el labio. "Gary… no te pares," murmuró con los ojos brillantes.   Mi garganta se movió al tragar saliva. Llevé mi mano entre sus piernas. Su reacción fue inmediata: echó la cabeza hacia atrás, temblando.   "Solo… hazlo ya."   Sonreí. Su cuerpo lo conocía de memoria. Era mi esposa. Literalmente hecha para mí.   La levanté en seguida, la llevé a la cama. Ella me rodeó con los brazos y susurró, sin dudar, "Ahora… no me hagas esperar."   No me contuve más. Me sumergí en ella y la llevé al cielo tres veces seguidas.   Cuando la vi con ese vestidito n***o en el club, lo único que pensé fue en rasgarlo entero. Usualmente era tan sobria, tan discreta. ¿Qué le había pasado?   Seguramente fue lo del trabajo. Se me había ido de las manos.   Tenía que volver a ablandarla. Ahora, vencida, descansaba en mis brazos. Le acaricié la mejilla y le susurré: "Este fin de semana nos vamos al mar, solo tú y yo."
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