Capítulo 2

1173 Palabras
Papá se sentó y se quedó mirando la pared vacía por un momento, como si estuviera pensando en lo que estaba a punto de hacer. Estaba a punto de decirle que se olvidara de todo cuando se levantó y se desabrochó el cinturón. Sentí un redoble de tambor en el pecho mientras el momento surrealista se desarrollaba ante mí. Había sido una fantasía durante más tiempo del que recordaba que pasaría lo que estaba sucediendo. No podía creerlo. Siempre había querido que mi papá me viera más como una mujer y menos como su hija torpe, y ahora estaba empezando a suceder. Después de quitarse los vaqueros, papá volvió a sentarse, hizo una pausa y luego se bajó lentamente los calzoncillos hasta las rodillas. Hice todo lo posible por no jadear mientras miraba con lascivia su pene. Sus testículos eran redondos y colgaban bajo un grueso m*****o que se arqueaba hacia abajo. —Esto es, eh, un pene—, dijo mi padre, frotándose la cabeza con una mano. —No sé si es del todo apropiado, pero, eh, sí. No podía hablar, estaba fascinada. Incluso mientras hablaba, parecía crecer o estirarse lentamente. Papá le puso una mano debajo de los testículos y los levantó para ajustarlos. —Estos son mis testículos. Son muy sensibles, así que si los tocas, o tocas los de otra persona, debes tener mucho cuidado. —Son hermosas—, susurré como idiota, pero realmente pensé que lo eran. —Hm. ¿Quieres tocarlos?— preguntó, y asentí. Me acerqué, le puse la palma de la mano bajo los testículos y sentí lo cálida y suave que estaba su piel. Con cuidado, acaricié sus testículos con las uñas y vi cómo se contraían y se elevaban. Al mismo tiempo, el m*****o de papá se alzaba y se hacía más largo. —¿Hice algo malo?— pregunté, preocupada por lastimarlo. Papá se rió entre dientes. —No, cariño. El pene de un hombre tiene vida propia. Si lo tocas bien, se contraerá, se endurecerá y crecerá para ti. Me mordí la comisura del labio mientras repetía el movimiento de arrastrar las uñas por sus testículos y rodarlos en la palma de la mano como si fueran bolitas de algodón. Podía oír a papá respirar por la nariz con más fuerza ahora y vi cómo sus testículos se contraían dos veces más. —¿Quieres sentir mi m*****o?—, preguntó. Su voz era más profunda y segura. —Aquí... Papá tomó mi mano y la rodeó con la base de su grueso m*****o. Lo miré a la cara y vi una expresión que no había visto antes en él. Lujuria. Estoy excitando a papi... pensé y pude sentir mis jugos fluyendo hacia mi ropa interior. Me asintió mientras me frotaba la mano de arriba abajo sobre su m*****o endurecido. —Así. Hasta arriba, deteniéndome justo antes de la punta, y de vuelta abajo. Bien... Bien... chica...—, dijo, y me derretí un poco. Yo soy la buena niña de papá. —Es muy difícil, papá—, dije. —Eso es... Mmm... así es como sabes que estás haciendo un buen trabajo, cariño. Sigue... sigue...— dijo entre gemidos mientras soltaba mi mano. Me acerqué más a él para tener un mejor ángulo y seguí acariciando su pene. Se había puesto tan duro y grande en mi mano que no podía creerlo. Cada flexión lo ponía más duro. Se sentía como un bate de béisbol mientras lo bombeaba. Cuanto más rápido iba, más veía a mi papi jadear y luchar por no gemir, así que lo masturbé más rápido. —Oh, cariño, eso es todo...—dijo—Buena chica... Me preocupaba que sus testículos rebotaran demasiado porque decía que eran muy sensibles, así que ahuequé mi otra mano debajo de ellos. Al hacerlo, vi un hilillo de sustancia lechosa salir de su m*****o. Estaba en trance, mirándolo fijamente cuando la mano de papá agarró la mía de repente. Ambos jadeábamos, y papá tenía una mirada desorbitada mientras me miraba. Eran primarios y llenos de deseo. Por un momento, temí que papá me impidiera terminar con él. Habría sido la peor provocación de mi vida. Pero entonces papá susurró. —Bebé... ¿Te gustaría sentir lo que se siente un orgasmo? Se me iluminaron los ojos y no pude evitar sonreír con suficiencia. —Sí, papá—, respondí. Papá se puso de pie y caminó junto a mi cama, con su polla dura balanceándose entre sus piernas. Me acarició la mejilla, me recostó como si fuera la hora de dormir y me dio un beso maravilloso en los labios. Mientras su lengua exploraba mi boca, sentía tanta excitación en el pecho que pensé que iba a estallar. Sus manos se deslizaron por mi pecho, rozando mis pechos a través de la camisa. Empecé a jadear como un perro y necesité separarme del beso. Sus labios cálidos y húmedos recorrieron mi clavícula hasta mis pechos. Me levanté la camisa y me desabroché el sujetador rápidamente. Inclinándose, mi papá me rodeó la espalda con sus brazos como si fuera un regalo para él y solo para él. Pasó su lengua húmeda por mi pezón erecto y luego besó el otro. Mis uñas rasgaron su cabello, acercándolo a mi pecho mientras él acariciaba mi pezón dolorido con la lengua. —Oh, Dios...— jadeé y él gimió dentro de mí. Sus labios recorrieron mi cuerpo mientras sus palmas me subían la falda, dejando al descubierto mi sexo. Mi padre me sonrió con suficiencia y me derretí un poco al ver su sonrisa. Sin apartar la mirada, me dio suaves besos en la cara interna del muslo. Jadeé al sentir sus cálidos y húmedos labios acercarse lentamente a mi coño. Sus labios y su lengua recorrieron mi sensible cara interna del muslo, esa piel cremosa que nadie más que yo había tocado jamás. Ahora es tanto de papá como mío. Yo soy de papá. Los dedos de papá me quitaron la ropa interior y los pantalones cortos, y me sentí completamente expuesta. Mi cuerpo se estremecía cuando sus labios rozaron mi raja depilada y húmeda. —Ohhmm... Papi...— jadeé, mientras su cálida lengua recorría mi raja, y lo hizo cinco veces más antes de que sus labios rodearan mi clítoris. —¡Oh, Dios mío!—, jadeé, arqueando la espalda. Papi me echó los muslos sobre los hombros mientras su lengua se hundía en mi coño. Era una serpiente cálida que exploró cada centímetro de mi raja antes de dirigir su atención a mi clítoris palpitante. Para entonces, estaba perdiendo el control de mis extremidades. Mis muslos temblaban a ambos lados de su cara y fuertes sacudidas recorrieron mis hombros y brazos. —¡Dios mío, Dios mío, Dios mío...—, repetí en un susurro mientras su lengua implacable torturaba mi clítoris en los puntos precisos. No era un universitario cualquiera, dudando qué hacer y dónde tocar a una mujer. Papá sabía cómo complacer a una mujer.
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