— ¿Quieres que entre en la cama? — preguntó en tono seco. — ¿Para qué? ¿Para qué termines lo que empiezas? — lo reté y él me miró con una ceja levantada. — ¿De verdad quieres que te haga el amor? — ronroneó, y me destapó dejándome desnuda o semidesnuda. Aunque dormía con bragas y con una blusa arriba. Para mi sorpresa, no me hizo nada, sino que me miró durante unos segundos, se relamió los labios y volví a cubrirme. — Vístete — comentó, y tan solo con esa mirada, había humedecido mis bragas. Me sentía avergonzada y ni siquiera entendía por qué me sentía así. Era un hombre jodidamente guapo, pero no podía permitir que me esté agarrando el síndrome de Estocolmo. Aunque en el fondo, deseaba caminar en puntillas de pie, el suelo estaba un poco helado, a pesar de ser de madera. Me puse un ve

