Eduardo se quedó perplejo al sentir los labios de una mujer que no era Briana, pero lo disfrutó. Samanta era una mujer increíble, sabía lo que quería y parecía no andarse con rodeos. Eduardo, con cierta dificultad, la tomó de la cintura, apoyando su antebrazo. —Con cuidado — comentó ella con una sonrisa, acariciando su mejilla. Eduardo pudo sentir su piel suave, aunque un poco de barba recién salida. —No te preocupes, no me has pisado con la muleta — respondió Eduardo. —¿Qué se siente estar con alguien discapacitado? — preguntó Samanta. —Bien, me pareces simpática, sincera y me caes bien, aunque creo que finges ser un poco más sonriente de lo que eres — dijo Eduardo. —Tienes razón, yo soy más bien seria, callada y no soporto a las personas falsas — comentó Samanta. — Me encanta que se

