Medellín, Colombia – 9:12 p.m.
La ciudad ardía con vida. Selene se miraba en el espejo mientras terminaba de aplicarse brillo en los labios. Llevaba un vestido ajustado, corto, en tono vino tinto que resaltaba su piel canela y su cabello suelto. A un lado, su amiga Marcela aplaudía emocionada.
— ¡Así es como se va a celebrar un contrato aprobado, mamacita! — Dijo entre risas mientras encendía la bocina con reguetón a todo volumen.
— Yo solo quiero bailar esta noche, olvidarme del estrés y dejar de pensar en correos. — Dijo Selene girando sobre sí misma. — Y sí, voy a romperla. Me lo merezco. — Con su energía chispeante, Selene y su amiga salieron al centro de la ciudad. El club donde se celebraba la fiesta era uno de los más exclusivos de Medellín. Las luces de neón y el bajo retumbando contra el suelo hacían temblar las paredes. Ella bailaba sin preocuparse de quién la miraba. Era libre. Era joven. Y ese era su momento.
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Manhattan. – 10:46 p.m.
Mientras tanto, en un lugar más sombrío, Dominic bajaba de su coche n***o con chofer. Vestía de n***o completo, con el anillo en la mano derecha. La entrada del almacén estaba custodiada por dos hombres fornidos que lo dejaron pasar sin decir palabra.
Dentro, la atmósfera era distinta. No había luces brillantes, sino velas, sombras, seda y cuerpos. Las mujeres llevaban máscaras de encaje y los hombres trajes con detalles sutiles que los marcaban como miembros del círculo. Todo se movía con un ritmo lento, como una danza de poder, deseo y secretos.
Dominic tomó una copa y se perdió entre las figuras. No bailaba. Observaba. Elegía. Sus ojos eran de un depredador elegante, sereno… que no necesitaba alzar la voz para imponer respeto. Allí, él era el que dictaba las reglas del juego.
Dos mundos. Dos fiestas. Una noche.
Ella, celebrando la vida con risa y baile.
Él, controlando la oscuridad con una copa en la mano.
Y sin saberlo, esa noche…
ambos estaban bailando en la antesala de un contrato que cambiaría todo.
La música dentro del recinto no se parecía a ningún ritmo conocido. Era tribal, primitiva, casi ritual. Cuerdas, tambores y un murmullo constante como si cada nota despertara algo ancestral en los cuerpos reunidos.
Dominic dejó su copa en una bandeja al pasar junto a una de las asistentes. Nadie hablaba de negocios allí. Nadie preguntaba nombres. No era necesario.
Subió por una escalera de hierro forjado, cada paso acompañado por el eco de sus zapatos de suela pesada. Arriba, las habitaciones estaban separadas por cortinas gruesas de terciopelo. Lo esperaban.
Una mujer de piernas largas, vestida en cuero n***o y máscara de cuervo, se arrodilló al verlo entrar. No lo saludó. Solo inclinó la cabeza en un gesto de sumisión. Él no respondió con palabras. Le quitó el collar de la mano y lo colocó en su cuello, cerrándolo con lentitud, como quien marca territorio.
— Esta noche no quiero hablar. — Murmuró, con la voz ronca y baja, apenas un susurro. — Solo obediencia. — Ella asintió sin mirar.
Allí dentro, Dominic no era un CEO. No era el socio respetado, ni el hombre que cerraba tratos internacionales. Allí era el dueño del juego, el lobo suelto en su propio bosque.
Mientras el resto del mundo dormía o bailaba por el fin de una semana más, él elegía los cuerpos y las reglas. El deseo no era romántico. Era ritual. Era poder crudo.
Dominic respiro hondo como si necesitara de esa acción para entrar en el papel de amo, de dominador. Luego de poner la correa en su cuello, le puso una que tenía una pequeña bola en el medio que usó para tapar su boca. La sumisa podía gritar tanto como quisiera, pero no saldría de su boca ni una sola palabra. Luego movió sus pies, pasos hasta llegar a una estantería haciéndola caminar sobre sus manos y rodillas como un animal adiestrado.
Al llegar a la estantería Dominic agarro unas esposas de cuero y las puso en sus muñecas con las manos hacia atrás. Quitó su chaqueta y subió las mangas de su camisa con la mirada atenta de la sumisa. Camino hasta estar en su espalda y se agacho, con una pequeña navaja en sus manos qué usó para cortar la ropa y dejar las partes íntimas expuestas y a su merced. La mujer se tensó, tembló y vibró con cada toque suyo. Finalmente el hombre tocó su intimidad desde atrás y empezó a mover sus dedos haciéndola jadear... los gritos inundaron la habitación, la mano de Dominic se movió con más rapidez. Puso su mano desocupada en su espalda haciéndola inclinarse hacia adelante dejando más abiertas sus piernas y su cul@ más respingado. Con dos dedos en su interior y una rapidez calculada las sensaciones eran más grandes, ella solo gimió de placer y dejo que sus fluidos empaparan la mano del amo. Un chorro tras otro, seguidos de espasmos en todo tu cuerpo.
Se puso de pie y con solo unos pasos estaba frente a ella quien tenía una mirada llena de deseo y su respiración agitada. Él bajo el cierre y saco su polla tan cerca de su rostro qué casi la golpea. Le quitó la mordaza y ordenó.
— Abre la boca. — Metió su polla lentamente mientras ella chupaba y succionaba la punta. El gruño y como si no lo pudiera controlar follo su boca en una garganta profunda. Luchando para respirar la sumisa lloro y babeo -glo glo glu glu- hasta dejar todo su líquido en su garganta.
Dominic se agachó a su altura, tomó su mentón entre dos dedos y levantó apenas su rostro. Los ojos de ella, cubiertos por el antifaz de plumas, lo miraban con pupilas dilatadas.
— No me perteneces solo esta noche. Me perteneces en este momento. Solo existe esto. — Dijo mientras tocaba el collar alrededor de su cuello. — Eres mía hasta que yo lo decida. — Escupio su boca y lamio. Ella luego bajó la mirada, sumisa, lista para obedecer la siguiente orden. Dominic, en cambio, no se movió de inmediato. La contempló unos segundos más, como un artista observando la obra que va a destruir para volver a crearla.
Entonces se acercó a su oído.
— Hazme olvidar... sin que se me olvide quién manda. — Y en ese instante, no hubo más palabras. Solo gestos precisos, silencios cargados de tensión y un juego de dominio que no necesitaba más explicación. Para Dominic, este era su santuario. Su válvula de escape. Aquí no había títulos ni negociaciones. Solo obediencia. Control. Instinto.
Y el eco de un mundo que Selene aún no conocía… pero al que, sin saberlo, estaba a punto de ser arrastrada.
— Levántate, ve al sillón y ponte sobre tus rodillas. — Fue la orden de Dominic a la chica, ella obedeció como buena sumisa y se quedó en esa posición expectante.
No había un solo ruido dentro de la habitación. Dominic empezó a moverse, sus pasos retumbaban sobre el piso de la habitación. Se despojó de su camisa y de su pantalón quedando desnudo.
Busco un látigo en la estantería y luego caminó hacia la chica, acarició su espalda antes de soltar el primer latigazo y donde antes habia silencio se escuchó un grito desgarrador; luego un latigazo tras otro...
La tomó por el cabello haciendo un nudo con su mano y la penetro de una sola estocada. Estaba siendo fuerte y firme con ella. Justo como le gusta, dominar a su presa e implementar el dolor como forma de placer. La chica no decía ni una palabra no se quejaba, no le pedía que se detuviera. En cambio gemía como loca, ella estaba hecha para eso. Acostumbrada a ese tipo de tratos.
Sin duda ese club era uno en el que tanto hombres como mujeres llegaban a satisfacer sus necesidades más animales, cualquier tipo de fetiche estaba permitido entre el amo y la sumisa. Una noche dentro de esa fiesta costaba miles y miles de dólares, pero no importaba. No importaba cuánto costara si el placer iba a ser extraordinario.
Dominic montó sus pies sobre el sillón quedando la misma altura de ella, la volvió a penetrar como un perro montando a su perra. Así justo, la sostiene del cuello y da estocada tras estocada.
Su excitación no nace de la conexión visual, ni de la belleza detrás de esa máscara. Nace del control. De los gemidos ahogados, del temblor de su cuerpo cuando la domina sin piedad. La máscara es irrelevante; podría ser cualquier rostro debajo, y él seguiría igual de impasible. Para él, lo único real es el sonido: ese lamento entre placer y agonía, esa música sucia que alimenta sus impulsos más oscuros. Cada posición, cada embestida, es un acto de poder. Una afirmación brutal de que ese cuerpo es suyo mientras dure el juego. Porque no hace el amor. Él toma. Y lo único que necesita... es que ella no deje de gritar.
— Enséñame tu culo. — Le dice y la sumisa baja un poco su trasero y con ambas manos separa sus nalgas. Con su rostro recostado al espaldar ella solo espera a que su amo la llene completamente. Él busca otro juguete en la estantería- Un dildo de unos veintitrés centímetros es el elegido, le pone un poco de lubricante para después ponerlo en la entrada palpitante de aquella mujer. Lo introduce una y otra vez para luego posicionarse el, es así como una doble penetracion anal hace que la sumisa se agite, se contraiga y le de lo que el tanto quiere... gemidos.