Capítulo Dos.

1323 Palabras
Dominic hojeó con desdén los primeros cinco perfiles, apenas escaneando los nombres. Ejecutivas ambiciosas, herederas de apellidos pesados, mujeres perfectamente moldeadas para las apariencias... pero sin alma, sin chispa. Hasta que llegó al expediente número 6. El encabezado tenía un nombre simple, sin apellido famoso ni títulos pomposos. Solo una ficha limpia, directa. Nombre: Selene Castillo Edad: 27 años Nacionalidad: Colombiana Profesión: Ingeniera Ambiental Ubicación actual: Medellín, Colombia Idiomas: Español nativo, inglés fluido Situación laboral: Coordinadora de sostenibilidad en GreenFields Corp, una empresa local aliada recientemente a Cross Industries mediante convenio de impacto social. Estado civil: Soltera Red de contactos políticos o familiares: Nula. Observación: Extremadamente reservada. Perfil bajo. Alta ética profesional. Buen manejo de crisis. Carácter firme, pero cordial. Dominic frunció el ceño y alzó la vista hacia Leandro. — ¿Una ingeniera ambiental? ¿Esto es una broma? — No. — Respondió Leandro, serio. No tiene apellido de oro, no fue criada para fingir. Es real. No busca fama ni fortuna. Y lo mejor… no tiene idea de quién eres. — Dominic volvió a bajar la vista. Había una pequeña fotografía: ella, con una camisa blanca, el cabello recogido, en un entorno natural. No sonreía con coquetería ni posaba como las otras. Solo miraba a la cámara como quien no tiene nada que probar. Él guardó silencio unos segundos más. — ¿Y por qué está en esta carpeta? — Porque no la incluí como una candidata... — Dijo Miles, cerrando su libreta con sutileza. — La incluí como un desafío. — Dominic Cross no era un hombre común y es por eso que su secretario quien bien lo conoce no le daría una prometida común. Era la clase de hombre que no necesitaba presentarse. Su presencia hablaba primero: 1.90 metros de porte impecable, hombros amplios, mirada de acero y trajes a medida que parecían una segunda piel. Su rostro, cincelado como si hubiese sido esculpido para la portada de Forbes, era el de alguien que había nacido para mandar. A los 32 años, era el CEO de Cross Industries, una multinacional con oficinas en cinco países, tentáculos en tecnología, infraestructura, energía renovable y alianzas estratégicas que hacían temblar a más de un gobierno. Su nombre aparecía en los titulares, pero no en las redes. Su vida personal era un enigma. Sus escándalos, inexistentes. Sus amantes, discretas y fugaces. Era respetado. Temido. Inalcanzable. Y en el fondo, estaba completamente solo. No por falta de opciones, sino por exceso de control. Nada ni nadie tocaba su mundo sin permiso. Nada lo afectaba. Hasta ahora. Dominic Cross no era un hombre que pasara desapercibido. Donde entraba, el silencio caía como una orden tácita. A su edad, había edificado un imperio empresarial que cruzaba continentes y moldeaba decisiones gubernamentales sin necesidad de levantar la voz. Sus trajes eran oscuros, su reloj suizo marcaba minutos que costaban miles de dólares y su mirada... su mirada no dejaba margen de error. Una estatura de dioses, tenía el cabello oscuro, siempre perfectamente peinado hacia atrás, y una expresión que oscilaba entre la concentración y el desprecio. No tenía tiempo para lo innecesario. Tampoco para personas que no estuvieran a su altura. Dicen que en el mundo de los negocios uno debe ser frío, pero Cross no era frío. Él era hielo comprimido. La prensa lo llamaba “El Titán silencioso”. Sus empleados, “El Intocable”. Nadie sabía realmente qué pasaba por su cabeza. Solo Leandro Foster, su fiel asistente, parecía haber descifrado su código. Aún así, ni él se atrevía a cruzar ciertos límites. Dominic no tenía familia cercana, no hablaba de su pasado y no cargaba alianzas en los dedos. Lo único que le pertenecía era su apellido, su empresa... y su tiempo. Dominic dejó el expediente a un lado en el sillon con un gesto seco. No dijo nada. Solo se inclinó ligeramente hacia atrás, sacó un pañuelo de lino blanco del bolsillo interior de su chaqueta y, con parsimonia, limpió sus manos. Era un gesto mecánico, casi ritual, como si el solo hecho de haber tocado ese archivo lo hubiera contaminado. Además de la sangre en sus dedos. Se puso de pie. El movimiento fue firme, controlado, como todo en él. — Manda a limpiar este desastre. — Ordenó sin mirarlo, mientras se acomodaba el cuello de la camisa. — Y prepárate. Vamos a la sala de juntas. La reunión empieza en diez minutos. — Miles asintió, sereno, como si no estuviera rodeado de cristales rotos, un sillón destrozado y el eco aún tibio de la rabia de su jefe flotando en el aire. Graham ya había cruzado la puerta cuando agregó, sin girarse: — No olvides traer el proyector. Hoy no quiero improvisaciones. — Y desapareció por el pasillo con ese paso firme que resonaba como sentencia en el mármol del edificio. ************* ************* La sala de juntas era tan silenciosa que podía escucharse el leve zumbido del proyector al fondo. Catorce ejecutivos estaban sentados alrededor de la mesa ovalada, todos vestidos con trajes costosos, relojes aún más caros y rostros tensos. Él entró puntual, sin anunciarse. No lo necesitaba. El ambiente cambió en cuanto su figura cruzó la puerta. Su presencia era una mezcla exacta de autoridad, inteligencia y control. — ¿Dónde está el informe del tercer trimestre? — Preguntó sin saludar, tomando asiento en la cabecera. Un asistente se apresuró a dejar los documentos frente a él. Revisó en silencio, pasando hoja tras hoja, hasta detenerse en un gráfico con una curva descendente. — ¿Alguien me explica esto? — Su voz era baja, casi serena. Pero esa serenidad venía cargada de una tensión que podía romper huesos. Nadie habló al principio. Hasta que uno de los directores de zona carraspeó, intentando armar una excusa técnica. Él lo miró, sin interrumpir. Cuando terminó, soltó los papeles sobre la mesa con precisión. — Tienes 48 horas para revertir esto. Si no lo haces, te aseguro que la próxima vez que entres en una sala como esta, será para explicar tu fracaso... a tus nuevos empleadores. — Silencio. Y luego el murmullo de acuerdos rápidos. Él se puso de pie. Nadie se atrevió a hablar. Así era él. No necesitaba gritar. Su poder estaba en que nadie dudaba de que cumpliría cada palabra. Fue a su oficina y siguió su día sin prisas, trabajando a toda máquina, como solía hacerlo. Ni siquiera se detuvo a pensar demasiado en el compromiso que ahora pesaba sobre sus hombros: la última voluntad de su padre. Ese cínico que, estando en plena forma, con la salud de un roble y la vitalidad de un hombre mucho más joven, tuvo la osadía de pedirle semejante cosa. A ese hombre no le daba ni una gripe. Lo cierto era que había sido padre joven, había levantado un imperio casi desde cero y lo había llevado a la cima con una velocidad envidiable. Cargó con más responsabilidades de las que cualquiera hubiera soportado, pues sus propios padres murieron antes de ver el alcance de su éxito. Tal ritmo de vida lo empujó a retirarse antes de tiempo, a entregarse a los viajes, a los placeres, a lo que él llamaba “disfrutar la vida”. No es que Dominic y su padre tuvieran una mala relación, al contrario. Eran más como amigos que como padre e hijo. Se entendían sin palabras, compartían confidencias, se respetaban mutuamente. Pero un padre nunca deja de ser padre. Y como tal, seguía ordenando, empujando y guiando a Dominic. Por eso lo presionaba ahora: quería que su hijo dejara de vivir únicamente para los negocios, que formara una familia, que fuera feliz de verdad. Porque, aunque aplicado, brillante y convertido en un tiburón empresarial temido en más de una junta directiva, Dominic era un hombre solo. Hijo único, y absolutamente solitario. En el buen sentido, quizá, pero solo al fin.
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