Todo está pulcro. No perfecto, pulcro. Ni un papel fuera de lugar, ni una carpeta desorganizada. Huele a madera fina, a café recién hecho y a éxito. Las cortinas están apenas abiertas, dejando que entre la luz suficiente para resaltar el mármol del piso. La ciudad ruge allá afuera, pero aquí adentro solo reina el silencio. Uno tenso. Dominic está sentado en su silla ejecutiva. Inmóvil. Mirando la pantalla del computador, aunque no ha tecleado una sola palabra en los últimos siete minutos. Lleva el saco colgado en el perchero y la corbata apenas floja. Se nota que durmió mal. Que no durmió, en realidad. Su asistente, Mili toca dos veces la puerta, firme. — Señor Cross, la primera reunión es en trece minutos. Ya llegó el abogado de Lisboa. — Que espere en la sala. — Responde, sin moverse

