Las miradas no terminaron en ese primer cruce. Era como si cada cierto tiempo, por instinto o curiosidad, Selene volviera a buscarlo con los ojos. Y ahí seguía él. Sereno, inmóvil, como si no tuviera prisa. Como si estuviera exactamente donde quería estar. Marcela lo notó, por supuesto. — ¿Viste? Te está mirando. No uno de esos “mirones” babosos. Este es distinto. Hay algo... — Hizo un gesto con la mano como si tratara de atrapar el concepto en el aire. — serio en él. Elegante. ¿Lo conoces? — No — Respondió Selene, sin mucha emoción en la voz. Pero su rostro ya comenzaba a traicionarla. Un leve rubor se le subió a las mejillas, y sus dedos jugaron nerviosamente con la servilleta. Dominic seguía observándola con calma. Hasta que, sin ningún apuro, se quitó las gafas de sol. Marcela se

