—No lo sé —dijo él, deteniéndose un segundo para mirarme a los ojos—. Pero si vamos a morir, nos llevaremos a todos estos hijos de puta con nosotros. ¿Trato?
—Trato.
***
—¡Corre, joder, Elara! —rugió Cillian mientras doblábamos la esquina del corredor de los retratos. El estruendo de los invitados huyendo a nuestras espaldas sonaba como una estampida de ganado asustado—. ¡Si el viejo aprieta ese gatillo, no quedará ni el recuerdo de este lugar!
—¡Ya voy, maldita sea! —le grité, levantándome la falda del vestido para no tropezar. La seda se rasgó contra una armadura decorativa, pero no me detuve—. ¿Por qué la pólvora, Cillian? ¡Tu padre era un usurero, no un terrorista!
—Julian no es un estratega, es una rata acorralada —escupió él, frenando en seco frente a una pesada puerta de roble que conducía a la base de la torre—. Silas le ha llenado la cabeza con promesas de perdón a cambio de mi cabeza. ¡La pólvora es solo el mazo para romper el muro!
Cillian pateó la puerta. El aire gélido de la noche nos golpeó la cara, mezclado con el olor penetrante del azufre. Arriba, en la cima de la Torre Oeste, una silueta se recortaba contra la luna. Era Julian. Tenía una antorcha en una mano y una pistola de chispa en la otra. A sus pies, un barril marcado con el sello de las minas de Blackwood.
—¡Quieto ahí, "Duque"! —la voz de mi padre bajó desde las alturas, distorsionada por el viento y el pánico—. ¡Un paso más y mando este nido de cuervos al infierno! ¡Trae a mi hija!
—¡Ya estoy aquí, papá! —grité, saliendo a la luz del patio. Mi voz temblaba de furia—. ¡Suelta esa antorcha! ¡Silas te está usando, pedazo de imbécil! ¿Crees que te dejará vivir después de esto?
—¡Cierra la boca, Elara! —Julian agitó la antorcha con desespero—. ¡Él me prometió las tierras del sur! ¡Dijo que si eliminaba al "Monstruo de Blackwood", yo sería el nuevo regente! ¡Tú solo eres una moneda, acepta tu puñetero valor!
Sentí el frío metal de una pistola contra mi palma. Cillian me la había pasado por la espalda, oculto por las sombras de la puerta.
—Tiene el seguro puesto —susurró él a mi oído, su aliento cálido era lo único que me mantenía cuerda—. Tienes un tiro. Si fallas, el barril explota. Si aciertas al barril, explotamos todos. Tienes que darle a él. Al pecho.
—¿Me estás pidiendo que mate a mi padre? —le devolví el susurro, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Te estoy pidiendo que nos salves —sus ojos brillaron con una intensidad feroz—. Porque yo no puedo subir sin que nos vuele por los aires. Él te mira a ti. Eres su distracción.
Miré hacia arriba. Julian estaba gritando incoherencias, moviéndose como un títere con los hilos rotos. Detrás de él, entre las sombras de las almenas, vi un destello plateado. Silas. El Inquisidor estaba allí, observando el espectáculo desde la oscuridad, esperando el momento justo para que el caos fuera total.
—¡Julian! —gritó Cillian, dando un paso adelante, atrayendo la atención hacia él—. ¡No necesitas la pólvora! ¡Si quieres el ducado, ven a buscarlo! ¡Tengo los documentos aquí! —sacó un pergamino al azar de su casaca—. ¡La prueba de que soy un bastardo! ¡Es lo que quieres, ¿no?! ¡La verdad que Silas te prometió!
Mi padre dudó. La avaricia, ese cáncer que le carcomía el alma, le obligó a bajar un poco la antorcha.
—¡Tíralo al suelo y retrocede! —chilló Julian—. ¡Elara, ven a buscarlo!
—Voy —dije, dando un paso al frente, ocultando el arma entre los pliegues de mi falda deshecha.
Cada escalón de la escalera de caracol exterior crujía bajo mis pies. El viento me azotaba el pelo, cegándome por momentos. Cuando estuve a diez metros de él, Julian me apuntó con la pistola.
—Quieta. Tira el arma que sé que tienes, hija. No soy tan estúpido.
Me detuve. Lentamente, saqué la pistola de Cillian. Pero no la tiré. La sostuve con ambas manos, apuntando directo a su corazón.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, papá? —mi voz sonaba extrañamente tranquila—. Que Cillian no me obligó a nada. Él me dio una salida. Tú, en cambio, me trajiste a un matadero.
—¡Él no es un Blackwood! —rugió Julian—. ¡Esa caja lo prueba! ¡Es el hijo de una sirvienta y un guardia! ¡Toda su vida es una mentira, Elara! ¡Te casaste con un don nadie!
—Me casé con un hombre —sentencié—. Algo que tú nunca fuiste.
—¡Muere entonces con tu bastardo! —Julian bajó la antorcha hacia la mecha del barril.
*BANG.*
El disparo retumbó en las paredes de piedra. No fue mi arma. Fue la de Silas, desde las sombras. La bala le dio a Julian en el hombro, haciéndolo tambalearse. La antorcha cayó de su mano, rodando peligrosamente hacia la pólvora.
—¡NO! —grité.
Me lancé hacia adelante, ignorando el peligro. Julian cayó de rodillas, gimiendo, mientras la mecha empezaba a humear. En un acto de puro instinto, agarré la antorcha antes de que tocara el polvo n***o y la arrojé por encima del muro de la torre hacia el vacío.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por los sollozos de mi padre.
—Vaya decepción —la voz de Silas surgió de la penumbra. Salió a la luz, guardando su pistola con una elegancia que me dio escalofríos—. Esperaba una explosión más... poética. Pero supongo que el drama familiar también tiene su encanto.
Cillian apareció tras de mí, subiendo los escalones de tres en tres. Su espada estaba desenvainada, y el brillo azul de la hoja iluminaba su rostro desencajado.
—Se acabó, Silas —dijo Cillian, poniéndose entre el Inquisidor y yo—. Tus hombres están siendo retenidos por los míos en los túneles. No hay hoguera esta noche.
—Oh, Cillian... siempre tan corto de miras —Silas se apoyó en el muro de piedra, mirando el cuerpo herido de mi padre—. No necesito pólvora cuando tengo la verdad. El contenido de esa caja que tu querida esposa dejó en la mesa... ya ha sido leído por los nobles que quedan en el salón.
Cillian se tensó. Su espada tembló apenas un milímetro.
—¿Y qué? —intervine yo, dando un paso al lado de Cillian y agarrando su mano libre—. ¿Crees que nos importa? Este castillo es suyo porque él lo protege, no por lo que diga un papel viejo.
—El problema, Duquesa —sonrió Silas—, es que si él no es un Blackwood, su matrimonio es nulo. Y si el matrimonio es nulo, tú no tienes protección legal. Y Julian... bueno, Julian me ha firmado la custodia de su hija a cambio de su vida.
Me quedé helada. Miré a mi padre, que evitaba mi mirada mientras se presionaba la herida del hombro.
—¿Es cierto? —le pregunté a Julian, mi voz apenas un susurro de puro asco.
—Tenía que salvarme, Elara... —lloriqueó—. El Inquisidor dijo que te trataría bien en la capital...