Llaman suavemente a la puerta por la mañana, y esta vez no finjo dormir. De hecho, apenas dormí, con la conversación de Jeremías y Ezequiel resonando en mi cabeza una y otra vez. Y junto con eso, mis propios pensamientos, mis propias dudas, mis propias advertencias. Fue una tontería quedarme, pero seguro que voy a desayunar antes de irme. —Entra—, digo en voz alta. Ezequiel abre la puerta con un vaso de jugo de naranja y una bolsa de papel en la mano, y entra Jeremías con un plato. Sonrío al oler y ver los panqueques y el tocino. —Podría quedarme otra vez si el servicio de habitación fuera tan bueno—. Me daría una bofetada. Me pasé casi media noche recordándome a mí misma que debía dejar de decir esas cosas, y es lo primero que me sale cuando los veo. No siento que sepa quién soy cuand

