Una nueva oleada de nervios me invade al entrar en la habitación. Las sábanas son perfectas y parecen demasiado inocentes para lo que vamos a hacer con ellas. ¿Estaremos en la cama? ¿En qué posturas me pondrán? ¿Cómo y dónde me tendrá Jeremías para que Ezequiel pueda ver? Ver. Nunca me han observado, ni siquiera para tocarme. ¿Estaré cómoda con eso? —Hola, hola. ¿Estás bien?—, pregunta Jeremías en voz baja. Aparto la mirada de él al ver a Ezekiel acercándose. Su pene aún está en su mano, mordiéndose el labio inferior mientras me mira de arriba abajo. Pero entonces Jeremiah me gira la cara, así que tengo que volver a mirarlo. —¿Estás bien?— pregunta con más firmeza. Y eso es lo que me tranquiliza de nuevo. Él, estoy segura, tan necesitado como yo, pero aun así pregunta si todo esto está

