Capítulo 6.

1198 Palabras
Isabela dudó un momento antes de responder. No quería abrirse a él, pero había algo en su mirada que la invitaba a compartir. —Solo… estoy lidiando con algunas cosas —dijo, sintiendo que la honestidad era lo mejor en ese momento. Gabriel asintió, comprendiendo que había más detrás de sus palabras. —A veces, compartir lo que llevamos dentro puede ser liberador. No tienes que cargarlo sola —dijo con suavidad. Isabela nunca había sido buena para abrirse a los demás, pero la calidez en la voz de Gabriel la hacía sentir segura. —¿Por qué no te he visto en estos días? —Cambió radicalmente de tema. —Me reuní con Elena y me encargó algunas cosas para la restauración. Estuve ocupado en ello. Isabela se cruzó de hombros y enarcó una ceja. Mirando hacia los niños que se divertían dijo. —Pensé había ido a visitar a tú familia. Gabriel sonrió, pues él solo tenía un familiar, y era su hermano, quien se encontraba en Madrid haciendo lo mismo que estaba haciendo, restaurando edificios antiguos. —No tengo a mi familia aquí. —No eres de aquí, ¿verdad? —Gabriel negó. —Soy nacido en Madrid, pero soy de todas partes. Isabela le miró y cuestionó. —¿Y no tienes esposa, hijos? ¿No les visitas a tus padres, hermanos? —Gabriel apartó la mirada de los niños y la posó en Isabela. —Solo tengo un hermano, pero no solemos vernos con frecuencia, salvó que tengamos que intercambiar de proyectos. —Tu hermano igual es arquitecto —asintió. —Es igual a mí, muy igual a mí —dijo con una sonrisa— ¿Te gustaría dar un paseo por el parque? Isabela dudó un momento, pero luego asintió. Tal vez era el momento de ver la vida de otra manera y no como la habían visto en estos últimos años. Mientras caminaban, conversaron sobre sus vidas, sus sueños y las historias detrás de sus pasiones. Gabriel compartió anécdotas de su infancia, de cómo había crecido en una familia que valoraba el arte y la arquitectura. Isabela, a su vez, habló de su madre y de cómo había influido en su amor por la restauración. —¿Y ella ya no está contigo? —Ya no —comentó con tristeza—. Mi madre siempre creí que las casas tenían historias que contar, y que el trabajo del arquitecto es escucharlas y preservarlas. Hiso una pausa significativa—. Ella pasaba contando historias, como tú. —Es que las paredes de cada estructura están llenas de historias. Ellas son testigos de los amores, problemas, discusiones que hubo en cada época —hizo una pausa y mirándola a los ojos se disculpó—. Lamento ser un apasionado de las historias pasadas, pero estoy tan comprometido con mi trabajo, que cada vez que realizo uno, lo hago sumergiéndome en él. —No tienes que disculparte. Al fin de cuentas, cada quien trabaja como quiere. Tú eres un apasionado arquitecto y yo soy… —Una arquitecta que necesita recuperar su pasión. Porque si tú madre fue tan apasionada con su trabajo, creo que su hija debió heredar lo mismo. Se miraron fijamente, Isabela contuvo el aire, la forma en que Gabriel la miraba, la hacía sentir frágil. Sin embargo, una parte de ella se resistía a dejar que esa conexión se profundizara. Había aprendido a proteger su corazón y no enamorarse por un rostro bonito. —Deberíamos volver —dijo Isabela, rompiendo el momento y sintiendo que la vulnerabilidad la asustaba. —Claro —respondió Gabriel. … El lunes llegó rápidamente, y la reunión sobre el proyecto de la mansión Victoria se convirtió en el centro de atención. Isabela se preparó para defender su visión con todas sus fuerzas. Cuando entró a la sala de juntas, el ambiente era tenso. Sus compañeros estaban sentados, con expresiones que iban desde la duda hasta la crítica. —Gracias a todos por venir. Hoy estamos aquí para discutir el futuro de la mansión Victoria y por qué debemos invertir en su restauración. Mientras explicaba su visión, Gabriel apareció. Su presencia desató controversia en los socios. —¿Quién es ese hombre? ¿Por qué está aquí? —Me presento, son Gabriel Andrade. Mi hermano y yo somos dueño de una corporación, y estoy a cargo de la reconstrucción de Victoria. —Es mi invitado. Juntos trabajaremos en el proyecto —dijo Isabela—. Gabriel, toma asiento —respiró suave cuando lo vio sentarse frente a ella. —¿Realmente crees que es un buen uso de nuestros recursos, invertirlos en esa hacienda? —preguntó uno de los socios, con una mirada escéptica. —Mi padre lo aprobó. —Lo sabemos, Pero esperábamos que tú no lo aceptarás. —¿Y por qué no iba a aceptarlo? —respondió Isabela. —Bueno, no tienes un buen corazón que se diga. —¿En serio? Mira, que ni yo sabía que tenía el corazón podrido. Comentó irónica. —Pero ¿qué pasa si no obtenemos los beneficios esperados? —insistió otro m*****o del equipo. —La restauración de la mansión Victoria solo beneficiará a los niños. Nosotros no ganamos, al contrario, perdemos —acotó otro socio. —Lo que estamos creando aquí es más que un proyecto; es una oportunidad para cambiar vidas. Y estoy dispuesta a trabajar arduamente, con o sin su consentimiento. —Bien, que sea bajo tus recursos y los de tu padre. Lo nuestro no lo topes —dijeron los demás. Después de una intensa discusión, el ambiente en la sala comenzó a cambiar. Algunos miembros del equipo comenzaron a mostrar interés, y las dudas iniciales se transformaron en preguntas constructivas. Mientras salían de la sala, Gabriel se acercó a ella con una sonrisa. —Estuviste muy bien, supiste manejarlos. —Siempre los he manejado muy bien —respondió, sintiéndose poderosa. —¿Te gustaría ir a tomar algo? —preguntó Gabriel, con una chispa en sus ojos—. Tal vez un café o algo más… Isabela le miró con la duda creciente, pero luego sonrió. —Me encantaría —respondió, sintiendo que, tal vez, darse una escapadita no era tan aterrador después de todo. —Pensé que no me aceptarías la invitación ya que parecidas odiarme. Isabela sonrió, y aquella sonrisa le encantó a Gabriel, porque era la primera vez la que la veía sonreír de esa forma. —Pues no te odio… me disculpo si me mostré malhumorada contigo. Hay veces no controlo mis emociones. Quiero que todo el mundo se maneje como yo, y las cosas no deben ser así —hizo una pequeña pausa—. Muchas veces caigo mal, lo sé... —A mí no me caes mal, al contrario, me encantó tu forma de ser —Isabela llevó la taza a sus labios para evitar la mirada de Gabriel—, me pareces una mujer excepcional, gracias a ti aprendí que la puntualidad es un factor importante en el profesionalismo. Isabela le sonrió nerviosamente, pero se caracterizó por ser como era, orgullosa y nada mustia. —Ha sido un placer enseñarte algo en muy poco tiempo.
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