Di vueltas sin cesar sobre las rasposas e incómodas sábanas. No encontraba ninguna posición cómoda. Mi cerebro zumbaba una y otra vez diferentes frases escuchadas días atrás. Todo era utópico, tedioso y doloroso. Derramé una que otra lágrima al recordar mi primera cabalgada, el primer cumpleaños celebrado, mi primer sombrero y la vez que le dije papá al hombre que se convirtió en la peor parte de mí, en tan solo segundos. Aunque mi padre se comportó como un maldito egoísta, quería que viviera. No existía mayor castigo que vivir un tiempo prolongado con ira en el corazón. Además, cuando un vaquero promete algo, con su vida debe cumplirlo. Esa mañana tenía suficientes cosas por hacer, como para perderme el día entero en la calle y evitarlo hasta la noche. Necesitaba comprar comida para los

