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645 Palabras
POV Maya Habían pasado dos semanas desde que salí de casa de Nathan. Dos semanas en las que no crucé la puerta de mi departamento más que para recoger la comida que dejaban en la entrada. No había vuelto a ver a Noah. No había contestado las llamadas de Nathan. Ni siquiera había respondido los mensajes de Mara… hasta ayer. No puedo seguir así, me repetí, aunque el cuerpo me gritaba lo contrario. Llevaba días sin dormir bien. Mi mente era un laberinto de preguntas sin salida. Así que acepté. Acepté verla. Tal vez porque necesitaba entender algo. Lo que fuera. La cafetería estaba llena, pero el ruido se sentía lejano, como si estuviera bajo el agua. Me quité el abrigo y busqué a Mara con la mirada. Aún no había llegado. Respiré hondo, intentando no huir. Entonces, la puerta se abrió detrás de mí. Escuché unos tacones acercarse. Antes de girar, una voz me atravesó como un cuchillo: —Ah, ¿tú otra vez? ¿No puedes simplemente desaparecer? Me giré, desconcertada. Frente a mí estaba una mujer alta, delgada, con el cabello oscuro y unos ojos cargados de furia. —¿Perdón? ¿Nos conocemos? Su sonrisa fue amarga, venenosa. —¿Conocernos? Por desgracia, sí. Tú me quitaste al hombre de mi vida. Parpadeé, sin entender. —¿De qué hablas? —De Nathan —escupió su nombre como si fuera veneno—. Él era mío. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. —¿Nathan? ¿Qué… qué estás diciendo? —¿En serio no lo ves? —Su voz subió un tono—. ¿Eres tan estúpida que no te das cuenta? Esa cría es tu hija… y él, tu esposo. Mi respiración se detuvo. —¿Qué…? No escuché más. No recuerdo cómo sus manos dejaron algo sobre la mesa ni cómo salió dando un portazo. Solo recuerdo la fotografía frente a mí. La tomé con dedos temblorosos. En ella, una mujer sonreía… yo. Yo, abrazada por Nathan, mientras él me besaba la sien. Pero lo que me arrancó el aliento fue lo otro: mi vientre redondeado bajo el vestido. Embarazada. Se me heló la sangre. —¿Esto… esto es real? —murmuré, apenas un susurro. —¿Maya? Levanté la vista y ahí estaba Mara, mirándome alarmada. Se sentó frente a mí, sus ojos clavados en la foto. —¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? No pude responder. Solo señalé la imagen. Ella la tomó, la observó y alzó la mirada hacia mí. —¿Tienes un hijo? Tragué saliva. —No… yo… no recuerdo. El silencio entre nosotras pesaba toneladas. Mara apretó la foto, intentando entender. —Esta eres tú. Y él… es Nathan. —No… no puede ser… —mi voz se quebró—. ¿Por qué nadie me dijo nada? Mara se inclinó hacia mí, tomándome las manos con fuerza. —Maya, escúchame. Si esto es cierto, alguien ha hecho lo imposible para borrarlo de tu mente. Pero tienes que hablar con él. Con Nathan. Negué con la cabeza, el miedo apretándome el pecho. —¿Y si… hice algo terrible? ¿Y si la razón por la que olvidé… fui yo misma? —¿Te escuchas? No digas eso. —Mara apretó mis manos—. Mira la foto. Esa mujer eras tú. Feliz. Plena. Y Nathan… no te miraba como a cualquiera. Las lágrimas nublaron mis ojos. Mara respiró hondo y dijo con firmeza: —Vamos a descubrirlo juntas. Pero tienes que dar el primer paso. Miré la puerta por donde había salido aquella mujer y sentí que el mundo se me cerraba. La foto ardía en mis manos como fuego. Finalmente, susurré: —Está bien. Hablaré con él. Pero en el fondo sabía que nada volvería a ser igual después de esa conversación.
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