Mi cuerpo. El suyo. El sillón acostado para recibirnos. Sus piernas abiertas como el mar para dejar pasar a los suicidas. Mi v***a erecta le golpeó el vientre. Mamá jadeó un poco, y la ví cerrar los ojos. Como si eso la salvara de ser partícipe de lo que estaba a punto de suceder. Puse mi v***a en la entrada de su v****a, y por un segundo eterno no supe si sería capaz de seguir sin explotar antes de tiempo. La penetré lentamente, sintiendo cómo cada centímetro de mi pene desaparecía dentro. Finalmente, como la muerte misma, nuestras pelvis se tocaron, en una comunión casi sagrada. No pude resistir más y la besé. Ella me recibió sin abrir los ojos pero devorando mi boca con hambre y urgencia. Me moví con un ritmo que buscó ser constante, pero que se rompía con cada gemido que ella so

