Una sentencia para mí

2937 Palabras
Diez años atrás… Ontario, Canadá POV Glenda Green Intento ser rápida porque sé que en cualquier momento llegará a casa. Soy ágil en la cocina; aprendí desde muy pequeña y muchas de las cosas que ahora sé, él me las enseñó también. Emplato lo más bonito que puedo el pollo a la plancha que he cocinado. Miro la hora en el reloj que cuelga de la pared y sonrío porque aún tengo varios minutos antes de que aparezca. Es nuestro tercer mes juntos y me siento demasiado emocionada por celebrarlo. Sé que es una tontería celebrar cada mes en una relación, ¡pero esta es mi primera relación! Y lo que más alimenta las mariposas de mi estómago es que él no se molesta por algo como esto. A él le encanta que yo lo sorprenda con cosas como estas. Vuelvo a mirar la hora: doce con diecisiete minutos. Aún me quedan unos cuantos más para que llegue de la universidad. Cuando lo conocí, no creí que terminaría huyendo de esa casa por amor a él. Pero no me arrepiento de largarme de ahí, porque, a diferencia de lo que servicios sociales cree, esa familia jamás me quiso ni mucho menos me respetó. Solo querían el dinero que el gobierno les otorga cada mes. O les otorgaba, no lo sé, porque desde que me escapé, y me vine a este pueblo con él, desconozco qué han hecho para justificar mi ausencia en la escuela y ante el mismo gobierno. «¿Me estarán buscando? ¿Se habrán dado cuenta en esa escuela de mi ausencia? ¿A cuál de las chicas estará maltratando el imbécil de Niam ahora que ya no estoy?». Me sacudo ante el recuerdo que me azota. La bilis se me sube y debo tragar para no vomitar. Pensar que quizás una de ellas sea una víctima más me recorre un escalofrío que me eriza los vellos de la nuca. Cierro los ojos un momento para calmarme. Me repito que ya no estoy en esa casa. Niam no me visita en las noches, no me mira, no me toca. «Él ahora me cuida». Eso me repito como un mantra. «Él y Richard me cuidan». Inhalo más calmada, con las ganas de vomitar disipándose dentro de mí. Retomo lo que he estado haciendo y ahora agrego la pasta tal cual él me enseñó. No ha quedado del todo enrollada como un remolino, como él dice, pero al menos se ve bien. Sonrío satisfecha y comienzo a añadirle por encima el pollo junto a la salsa de champiñones que me enseñó a preparar el mes pasado. Agrego unas hojas de perejil como elemento decorativo a la pasta y me yergo satisfecha con mis resultados. Me apresuro a servir los dos vasos con el jugo natural que hice de melocotón. Su favorito. Corro al refrigerador para sacar la botella de vino que le pedí a Richard que me comprara para hoy. Legalmente, no tengo edad para beber alcohol, pero, ¿a qué edad se considera legal eso y más? Yo he pasado por demasiadas cosas. Todas ilegales y no por elección propia. Un poco de vino solo para brindar, aunque a él no le gusta que lo beba, no me hará más daño del que ya me han hecho desde mis cinco años. Me paso el dorso de la mano por la frente para quitar un poco la leve capa de sudor que ha aparecido gracias al vapor de la pasta y los nervios mezclados con la emoción que siento. Me muerdo el labio a medida que deslizo mis ojos hacia el reloj otra vez: doce con cuarenta y dos. Aún dispongo de unos pocos minutos para correr al baño, darme una ducha de pajarito, alistarme y perfumarme para él antes de que llegue a casa. Pero antes, debo preparar la mesa en menos de cinco minutos si deseo oler rico y no a condimentos antes de que llegue. —Más te vale correr, Glenda —murmuro impaciente y divertida. Y corro. Termino de poner las rosas dentro del pequeño jarrón que yo misma decoré anoche cuando se durmió y oigo los toques a la puerta. Mi corazón salta y la emoción me envuelve tanto como la curiosidad, porque él no suele tocar. Él tiene llaves, jamás toca, y eso sí que me hace raro. No pierdo tiempo en ir a ver quién ha llegado. —¡Ya voy! —grito, saliendo de la cocina cuando los golpes se intensifican—. Ya, ya —sonrío, pero también ruedo mis ojos por la intensidad con que golpean la puerta—. Ya estoy aquí, ¿qué…? Mi sonrisa se esfuma, mi corazón salta desesperado y un miedo atroz me arropa en segundos, privándome de moverme, de reaccionar de inmediato. Lo miro con mis ojos seguramente desorbitados, con la cabeza retumbándome y las ganas de vomitar amenazando con aparecer una vez más. Lo detallo y sigue siendo el mismo chico de ojos claros que conozco, el mismo peinado, la misma sonrisa lujuriosa. La misma mirada asquerosa. —Niam… —musito, presa de mi propio temor. —Hola, hermanita … —arrastra esa última palabra como si sintiera un placer insano al pronunciarla—. ¿Me extrañaste? —Tú no debes estar aquí… —No. —Avanza un paso y yo reacciono retrocediendo dos—. Así como tú tampoco debes estar aquí, Glenda. —Debes irte. —Nos iremos. —Yo no iré contigo a ningún lado. —Logro imponerme a pesar de lo que estoy sintiendo—. Jamás volveré a casa, así que lárgate que contigo no me iré, Niam. —Malagradecida —escupe con rabia y avanza otro paso—. Desconsiderada, ¿así pagas por todo lo que te hemos dado mis padres y yo? ¿Acaso no eres consciente de lo que hemos tenido que hacer para protegerte, justificando tu ausencia? —¿Protegerme? —Lo miro como si se acabara de volver loco—. Ustedes no protegen una mierda. Ustedes solo velan por sus intereses. Tú y tu padre son unos monstruos, y la puta de tu madre, una vil enferma que permite que… Jadeo, ante la bofetada que me ha dado, mi cuerpo entero tiembla y el terror se apodera de mí como si fuese una ola inmensa. —No vuelvas a decir sandeces, Gigi —sisea con cinismo cerca de mi rostro y yo, por reflejo, me acongojo—. No vuelvas a faltarle el respeto a mamá y a papá… Hundo mis hombros por el miedo que le tengo y me protejo la mejilla con la mano, sintiendo el sabor metálico dentro de la boca. El ardor es insoportable, pero no tanto como el ardor dentro de mi pecho por no poder respirar con normalidad. Pero por mucho que me sienta horrible, con temor, me yergo, porque si hay algo que me prometí, es que jamás les iba a demostrar debilidad. —Esos seres asquerosos no son mis padres —espeto con todo el odio que le tengo y me yergo—. Mi madre se llamaba Helena y mi padre se llamaba Dylan. —Lo miro a los ojos con mentón en alto—. Ellos fueron y siempre serán mis padres, maldito enfermo. —Prometí ser cuidadoso, pero me la pones difícil, Gigi. —¡Suéltame! —grito con todas mis fuerzas cuando me jala por el cabello—. ¡No! —Pataleo cuando me doy cuenta de que me quiere sacar de la casa—. ¡Auxilio! —Pido a todo pulmón, cuando le veo la intención. Pero sé que nadie vendrá, que nadie podrá oír lo que aquí sucederá, porque la casa de Richard queda alejada del vecindario, sumergida en el bosque y por mucho que grite, nadie me oirá. Solo me queda pelear como él me enseñó. Y lo hago. Pataleo con todas mis fuerzas, lo muerdo, le entierro mis uñas en donde puedo, pero con cada golpe me debilita. Con la prenda que me arranca como un bruto animal, siento que ya no puedo hacerle frente por más tiempo. Lloro, le suplico que se detenga, con mis uñas en su cuello y sus asquerosos labios en mi pecho. Mi cuerpo entero se estremece con mi llanto y mi corazón, otra vez, se rompe por esto que estoy pasando. Solo pienso en mi mami y papi, en su amor, en lo que me enseñaron y en cuánto me hacen falta en este momento. De ellos no haber fallecido, yo no tendría que pasar por esto cada vez que a chicos como a Niam se les antoje. Yo tendría una vida normal, como una chica de mi edad. Cuando siento cómo comienza a querer quitarme el pantalón, sé que ya perdí, que no podré, porque el golpe que me ha dado en la sien, me ha aturdido demasiado como para luchar contra su fuerza y anchos brazos. El eco del estruendo retumba dentro de la pequeña casa. El peso me aplasta y algún líquido me salpica la cara. El pitido en mi cabeza no me deja oír, lo borroso en mis ojos no me deja ver, pero ya no siento ese peso sobre mí, mucho menos sus asquerosos besos en mi cuello. Por reflejo, me cubro con mis manos la parte de arriba de mi cuerpo porque es la que está descubierta y mientras más intento enfocar mi vista, más me mareo. Unas manos me tocan la cara y reculo aún en el suelo. Lo hago tan rápido que mi espalda impacta con la pared detrás de mí. —¡Glenda! ¡Glenda! —grita mi nombre totalmente desesperado y mi corazón salta al oír su voz al fin—. Gigi, pequeña… estoy aquí, estoy aquí… —Ikaris… —Apenas y puedo hablar. Todo mi cuerpo tiembla y rompo en llanto cuando me abraza. Un grito desgarrador dejo salir por la rabia que siento, por tener que volver a vivir esto. Ikaris no me detiene, él me sigue abrazando mientras mis gritos retumban en toda la casa. Odio mi vida, odio no tener a papá y a mamá. Odio porque mis tíos me dejaron sola. Me odio justo ahora por haberle abierto la puerta al idiota de Niam. Y de repente, todo me golpea con fuerza y me callo. —Niam… —susurro atónita, confundida. Busco la mirada de Ikaris que aún me abraza y lo que veo en sus ojos, me hiela la sangre—. ¿Qué le hiciste a Niam? —Nada de qué preocuparse, Gigi. —Sostiene mi rostro en sus manos—. Vamos a llevarte a la cama. —Me atrae a su pecho, pero retrocedo, necesito que me responda porque estoy muerta de miedo. —Sé lo que oí, Ikaris. —Estás aturdida, Gigi. Estás herida, vamos a… —Le has disparado —afirmo en un hilo de voz—. ¿Acaso tú…? —Y no podrá tocarte jamás, Glenda. Jadeo con mi corazón acelerado. El estómago me da un vuelco y siento como si mi pequeño y perfecto mundo, creado por él mismo, se ha roto en mi propia cara y yo no puedo hacer nada para repararlo. Comienzo a temblar, a negar con desesperación, y cuando deslizo la mirada, que dejo de ver sus ojos, grito asustada. El cuerpo inerte de Niam sobre un charco de sangre yace a mi derecha. Veo el agujero en su cabeza, la sangre esparcida sobre el piso de madera, que con cada segundo, se vuelve más grande. Llevo las manos a mi cara y cuando las bajo, que busco mirarlas y veo el rojo carmesí, mi corazón da un vuelco y vuelvo a gritar fuera de mí. Intenta tocarme, pero no dejo que lo haga. Mis labios tiemblan y soy incapaz de contener mis propios gritos. —Glenda, por favor… —Vuelve a intentar tocarme, pero no lo dejo—. ¡Glenda, por favor! —¡Lo asesinaste! Estoy descontrolada, presa del pánico, sin poder dejar de gritar, de llorar. No puedo controlarme, estoy en un estrés emocional demasiado fuerte. Mi cabeza da vueltas y de la nada, todo mi mundo se estabiliza de golpe debido a la bofetada que me ha dado en la mejilla. —¡Te defendí! —brama con sus ojos inyectados de rabia. —¡No me has defendido! ¡Me has condenado a ser tu cómplice! —grito aterrada. Mis palabras lo enmudecen y de inmediato me arrepiento por lo que he dicho. Ikaris me mira como si yo fuese una desconocida, como si mi propio temor, de alguna manera, me convirtiera en una traicionera sin corazón. —Estaba abusando de ti, Gigi —suelta con dolor, con su rostro desencajado, como si mis palabras fuesen un puñal filoso enterrándose en su corazón—. Te estaba tocando sin tu consentimiento otra vez… —Una golpiza bastaba… —digo en un hilo de voz, sintiendo cómo mi pecho arde debido a la falta de aire. Trago con fuerza, ahogando el grito que quiere brotar de mi garganta—. Pero lo mataste, apretaste el gatillo, Ikaris… Me abrazo a mí misma con todas mis fuerzas, como si con esto pudiera contener el cúmulo de emociones que me embargan. —Ya he derramado sangre antes… y lo haría de nuevo si alguien osa tocarte sin tu consentimiento —sentencia con frialdad. Pestañeo consternada sin poder dar crédito. Busco su mirada nuevamente y lo veo como realmente ha sido y no con ojos de adolescente enamorada. Frente a mí, no está el Ikaris que hace tres meses conocí. Frente a mí, no está el chico relajado, dulce y amable que cada noche me ha estado abrazando para consolarme después de mis pesadillas. No es el chico de sonrisa pícara, de mirada cautivadora, que logró enamorarme al punto de hacerme escapar del hogar donde estaba remitida. No, no es ese Ikaris. Frente a mí está un chico malo que esconde su verdadera naturaleza. Un chico vestido de n***o, que apretó el gatillo sin importar las consecuencias, que asegura que no es la primera vez y que logró ocultar sus andanzas de mí, bajo el amor que cada día me profesó. Deslizo mis ojos hacia el cuerpo de Niam, mi corazón salta y el estómago se me contrae debido a las ganas de vomitar que siento. «¿Cuántas veces ha hecho esto? ¿Cuántas veces ha apretado el gatillo? ¿Quiero esto para mi vida? ¿Podré soportar vivir sabiendo que fui testigo de su muerte?». —No… —susurro la respuesta con tanta naturalidad, que ya sé lo que haré. Deslizo mis ojos a los suyos y con el inmenso dolor en mi corazón, decido romper este silencio y acabar con esto—. Llamaré a la policía. —Glenda… —Vete… —musito apenas, pero aún tengo fuerzas para sacar del bolsillo de mi pantalón el móvil que él mismo me obsequió—. Corre lo más lejos que puedas, Ikaris… —Glenda, por favor... Intenta acercarse, pero retrocedo arrastrándome en el suelo sin dejar de marcar el número de la estación. —Oh, por favor, Gigi… —Me parte el alma ver en sus ojos el desespero, el dolor de mi traición, pero esto es lo correcto. Es lo que debo hacer—. Yo me encargaré, te lo prometo. Nadie jamás sabrá lo que aquí sucedió. Tú no te verás implicada y… —¡Cállate! —Pierdo el control, mi cuerpo entero se sacude por el pánico que siento—. Cállate, Ikaris. Por favor… —Si lo haces… —Vete —insisto, con mis dientes apretados—. Corre lo más lejos que puedas, Ikaris… —La voz del otro lado de la línea me tensa, mi corazón late con todas sus fuerzas. Él la ha oído, pero no se mueve de donde está. Sigue mirándome a los ojos—. Quiero reportar un asesinato… Niega, veo cómo las lágrimas corren por sus mejillas y juro que estoy muriendo en este instante. Termino de hablar con la oficial y, a pesar de que ella ha colgado la llamada, yo no bajo el móvil. En cambio, lo aprieto con más fuerza. Abro la boca, no puedo pronunciar palabra alguna. Mis lágrimas salen a cántaros y el aire cada vez más me cuesta llevarlo a mis pulmones. —Yo… lo siento… —digo en un hilo de voz—. Lo siento, Ikaris… Más lágrimas silenciosas resbalan por sus mejillas mientras sus facciones están endurecidas. Pero en sus ojos, en sus preciosos ojos grises, está la pena y el dolor haciendo estragos dentro de su corazón. —Ya deja de llorar, eso ya no cambiará nada —dice mordaz y un dolor sofocante me atraviesa el pecho. Ikaris se acerca y, por primera vez, no me alejo. Me sostiene por el mentón con una delicadeza que me estremece—. Tú has hecho lo que has creído correcto, Gigi —susurra con voz vacía—. Yo correré. Correré lo más lejos que pueda, pero quiero que sepas que si me alcanzan y me alejan de ti, donde sea, te encontraré. Aun en la distancia, yo te encontraré, Gigi. Tiemblo bajo su toque, lloro con mis labios apretados. Mismos labios que ahora él besa con cuidado y cuando se aleja, solo un poco, que me mira a los ojos, comprendo que la promesa se ha convertido en una sentencia para mí. Me suelta, se aleja y, sin más, sale corriendo de la casa sin mirar atrás
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