Me quedé en silencio con la vista perdida en la nada, tenía miedo, pero no podía dejarme vencer. Aún así, no podía contener las lágrimas mientras me abrazaba con fuerza las piernas. El tiempo parecía avanzar lentamente, sin saber cuánto tiempo llevaba encerrada. Mi estómago comenzó a dolerme, rugiendo de hambre y sed. Pero por más que suplicaba que la puerta se abriera, seguía cerrada y Nicolás no aparecía. Mis lágrimas se multiplicaban con cada segundo que pasaba, hasta que ya no pude llorar más. El olor desagradable del lugar se intensificaba, tal vez proveniente del cuerpo en descomposición de Ivy. —¿Cómo le diré a tu familia que ya no estás? ¿Cómo le diré a Jerry que moriste? Y que todo fue culpa mía. Si no me hubieras ayudado, Ivy, estarías bien. Perdóname —murmuré entre sollozo

