Regresar a casa fue más difícil de lo que pensé. No por la distancia, ni por el peso de mis maletas, sino por todo lo que cargaba dentro. Orgullo, decepción, y una punzada de algo que no quería admitir todavía. No sabía si era tristeza o rabia, o ambas. Lo cierto es que necesitaba respirar. Mi casa estaba casi lista, lo justo para recibirme sin explicaciones ni preguntas. Sin rosas en la almohada ni notas escritas a mano. Solo paredes vacías y el eco de mis pensamientos. Apenas crucé la puerta, solté un suspiro largo. El aire olía a pintura nueva y promesa de paz. De una rutina donde yo decidiera qué sentir, cuándo hablar, cuándo callar. Dejé las llaves sobre la mesa y me quité los zapatos, disfrutando del silencio como si fuera un premio. El teléfono no dejó de vibrar durante los últimos

