CAPÍTULO 1 — El apellido que nunca pedí

1172 Palabras
El aeropuerto de Roma huele a perfume caro y prisas. Lia Bianchi avanza entre ejecutivos trajeados, aferrando con ambas manos la manija de su valija. No debería estar tan nerviosa: es una simple transferencia, un ascenso temporal, un contrato de seis meses para reforzar el equipo de inversiones del Grupo Valenzi. Una oportunidad, eso es todo. Una pequeña luz para salir de la oscuridad. Pero, desde que aterrizó, siente una punzada absurda en el estómago. Como si algo estuviera a punto de salirse de control. —Bienvenida a Italia, signorina Bianchi —saluda el chofer que la empresa envió a buscarla, un hombre mayor con traje impecable—. Es un honor transportar a una m*****o de… bueno, ya sabe—Lia parpadea. —¿De… qué? —El hombre sonríe, nervioso, como si hubiera hablado de más. —De su familia, claro. Los Bianchi… qué gusto conocerla por fin. Un soplo helado le baja por la espalda. Había pasado esto antes. En Montreal, un par de veces, muy aislado. “¿Eres de esa familia?”, “¿Alguna relación con los Bianchi de Milán?”. Ella siempre lo negaba, la gente se reía, seguían con sus vidas. Pero ahora su apretón en el estómago se vuelve un nudo. Quizás aquí el apellido pesa más. Quizás aquí los Bianchi sí son alguien. Se acomoda el saco y, antes de que pueda explicar cualquier cosa, el chofer ya está cargando su valija en el auto n***o de la empresa. —No soy parte de ninguna familia importante —murmura Lia entrando al auto. —Claro, claro —dice el chofer, guiñándole un ojo—. Discreción absoluta. Como siempre. —Lia abre la boca y la cierra. Esto es ridículo, seguro se aclara después. Mientras el auto atraviesa la ciudad, las calles de Roma la envuelven en un dorado suave. Edificios antiguos, balcones llenos de flores, autos que pasan rápido sin realmente avanzar. Roma es caos elegante, luz y ruina, historia convertida en escenario. Y ella… una intrusa con un apellido equivocado. ____ El edificio central del Grupo Valenzi parece más un palacio que una oficina. Mármol pulido, columnas altísimas, puertas oscuras que brillan. El chofer la deja frente a la entrada privada que usan los altos mandos. —Le deseo una excelente primera mañana, signorina Bianchi. —No soy… —intenta Lia. Pero él ya arrancó. Suspira. Quizás es una coincidencia, quizás los Bianchi son comunes aquí, quizás… —¡Lia! —Una mujer con taconazos y cabello lacio perfectamente planchado se acerca velozmente—. Por fin. ¡La esperábamos! Soy Giulia, la coordinadora del área de inversiones. Es un honor tenerte aquí. ¿Honor? ¿Por qué? —Gracias, pero creo que hay un malentendido —empieza Lia, estirando la mano para un apretón cordial. Giulia ignora la mano y la abraza como si fueran primas lejanas. —No tienes que disimular —le susurra—. Aquí nadie dirá nada. Comprendemos perfectamente la… discreción de tu familia. —Lia retrocede un medio paso. —No, Giulia, no soy parte de ninguna... —Ven, ven —la interrumpe, tomándola del brazo—. La reunión ya está por empezar. No queremos que… él se impaciente. ¿Él? ---- Mientras caminan por los pasillos, las miradas la siguen. Murmullos suaves y un respeto extraño. —Es increíble, nunca pensé que enviaran justamente a ti. Los Bianchi siempre fueron tan reservados. Y justo ahora… —Giulia baja la voz—. El consejo está revolucionado. —Giulia, tengo que decirte que yo no... Puertas dobles se abren de golpe. Un salón de reuniones largo, moderno, lleno de trajes oscuros, laptops abiertas y rostros que la observan como si hubiera llegado la realeza. —Señores —anuncia Giulia con orgullo—. Les presento a Lia Bianchi. Un silencio, largo y tenso, devastadoramente equivocado tiene lugar. Un hombre mayor, con lentes gruesos y bigote blanco, se levanta. —Por fin. Una Bianchi en la empresa. Tus abuelos estarían orgullosos. Lia siente que el alma se le cae a los pies. —No… no es así, yo— Las puertas se abren otra vez y el ambiente se congela. Entra él. Dante Valenzi. Alto, impecable en un traje n***o que parece hecho a la medida del demonio. Ojos grises, fríos, calculadores. La mandíbula fuerte, tensa. Camina como si el mundo se corriera para dejarlo pasar. Como si lo obedeciera. Y esos ojos… van directo a ella. No al consejo, no a la pantalla encendida con gráficos financieros. A ella. —La representante Bianchi llegó, veo —dice Dante en voz baja, ronca, peligrosa. —Sí, CEO Valenzi —responde Giulia—. Acaba de arribar. Será un placer trabajar con ella. Lia traga saliva. —Yo… solo soy asesora de inversiones, no representante de— Dante alza una mano mínima, no para mandarla callar. Para observarla, como si quisiera memorizarla. —Lia Bianchi —repite él, como degustando el nombre—. Interesante. Su voz es demasiado suave, demasiado controlada, demasiado… atenta. El hombre de bigote blanco se aproxima y le extiende documentos. —La familia Bianchi solicitó esta colaboración desde hace años, hija. Esperamos que puedas ayudarnos a retomar la relación. Lia abre la boca para detener todo, para corregir, para gritar si hace falta. Pero Dante habla primero. —No la presionen —dice, y por un instante su tono se suaviza—. Es su primer día en Roma. Y los Bianchi siempre fueron reacios a las exposiciones públicas. ¿Qué demonios está pasando? —Dante, yo no soy— intenta Lia una vez más. Él ladea apenas la cabeza, con una sonrisa imperceptible, casi cruel y curiosa. —Lo sé —murmura él. Lia se queda helada. —¿Qué… sabe? —Que esto debe ser desconcertante para ti —responde Dante, dando la vuelta a la mesa—. Pero trabajaremos juntos. Yo mismo me encargaré de tu integración. Sus dedos rozan sutilmente el respaldo de la silla que coloca para ella. Un gesto galante, solo que sus ojos dicen otra cosa: evaluación, interés y peligro. Lia toma aire, dispuesta a aclarar todo. Pero justo entonces, un asistente se acerca sigilosamente y deja un celular sobre la mesa. —Signorina Bianchi —susurra—. Recibió este mensaje. Lia lo mira y es número desconocido. Solo dice: “No tienes idea del apellido que estás usando. Ten cuidado.” Su sangre se enfría, sus dedos tiemblany levanta la mirada para descubrir que Dante la observa. Como si ya hubiera leído ese mensaje antes que ella, como si supiera algo que ella todavía ignora. Y mientras las luces del salón brillan sobre el mármol… una certeza se instala en su pecho: Ese apellido no le pertenece y puede costarle la vida que intenta construir. El consejo empieza a hablar, las presentaciones continúan, pero Lia solo escucha su propio corazón golpeando. Y las palabras de Dante, que no debería haber oído, pero están ahí. “Lo sé.”
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