Cuando Ansel nació y comenzó a crecer, todo recayó en Sofia. Su esposo no ayudaba en nada y solamente se iba a trabajar temprano en la mañana y llegaba tarde en la noche. Nunca daba explicaciones, simplemente se acostaba a dormir o la hacía levantar a que le sirviera algo de comer. Luego de una pelea que habían tenido cuando Ansel tenía alrededor de seis años, él intentó golpearla, pero el niño había mordido su pierna y lo había detenido. La misma suerte no corrió él, debido a que su padre le lanzó lejos, tratando de alejarlo.
Después de eso, Sofia dijo no más a su relación con él. Cuando comenzaron los trámites de divorcio, ella se enteró que él tenía otra familia y la otra mujer estaba embarazada y después de eso, decidió enterrar su relación con aquel hombre y todo lo que tuviese que ver con él.
Y por eso Ansel no entendía qué estaba haciendo en su casa. Tenía rotundamente prohibida la entrada ahí y, además, él ya tenía dieciocho años, y podía hacer que los respetara.
Con cuidado, se levantó de la cama y se dirigió a su cuarto donde había olvidado que había puesto a cargar su celular. Si su madre se daba cuenta que había estado conectado toda la noche, estaba seguro de que lo regañaría. Allí, lo tomó y revisó las notificaciones.
Y un mensaje de buenos días de Aubrey.
Eso lo hizo sonreír y se preparó para lo que sería su primer día como novios oficiales.
El día había llegado y Ansel se despertó melancólico. Nunca le habían gustado las despedidas y menos cuando era él el que tenía que alejarse de su familia y amigos. Ese día se despertó más temprano de lo usual, puesto que no pudo dormir nada en la noche y, por el contrario, duró despierto hasta las tres de la mañana pensando.
Pensaba en si podría con el hecho de vivir solo, alejado de su madre o si podría cocinar algo parecido a lo que ella hacía cuando él llegaba exhausto de la escuela. Si la extrañaría a todas horas y por supuesto, si sería capaz de sacar adelante su carrera universitaria.
Sofía había ahorrado desde que él era un bebé para que pudiese asistir a la mejor universidad que dictara arquitectura y se sentía emocionado por lo menos, por fuera de la carga que era pertenecer a esa universidad tan prestigiosa.
— ¿Amor? —Golpeó su madre y sacó de sus pensamientos a Ansel—. Es hora de desayunar.
— Voy mamá.
— Está bien.
El muchacho soltó un suspiro y le mandó un mensaje a su novia. Había hecho aquello desde que se habían vuelto novios y quería tomarlo como costumbre para hacerla sentir especial. Le gustaba mucho poder abrirse y demostrarle lo que él sentía por ella.
Mientras bajaba las escaleras, escuchó voces en la cocina y se dirigió allí, para nuevamente encontrar a la familia de Aubrey, ella y a su madre charlando.
— ¿Y eso? —Sonrió pasando su brazo por los hombres de la chica y dejando un beso en su frente—. Así me levantaría feliz todos los días.
Las personas rieron y Jay, la madre de Aubrey habló: —Vinimos a estar contigo todo el día, cariño.
— Eso me gusta. No quiero despegarme ni un minuto de ustedes.
En realidad, lo decía por su novia. No quería dejarla respirar lejos de él aquel día. Quería que compartieran lo más posible y por eso había decidido dejar su vuelo para la noche, lo que dejaría que pasara más tiempo con ella.
— ¿Cómo dormiste? —Escuchó el pequeño susurro de su acompañante y esbozó una sonrisa.
— Muy bien, mi amor —respondió dejando otro beso en su cien—. ¿Cómo dormiste tú?
— No pude dormir —aceptó la chica—. Me levanté porque mamá tuvo que tirar la puerta de mi habitación.
Una diminuta sonrisa salió de los labios de los dos y se dieron un abrazo grande, demostrando lo mucho que apreciaban ese momento.
Luego de eso desayunaron en familia y los tórtolos subieron a la habitación de Ansel, para hablar un poco.
— ¿Quién te recogerá?
— No lo sé. Una persona de la universidad va a tener un cartel para mí.
— Como las películas.
— Algo así —se encogió de hombros—. De todas formas, las clases comenzarán en una semana.
— ¿No puedes quedarte un poco más? —Cuestionó Aubrey, apretando sus manos.
— No lo creo, mi amor. Tengo que arreglar todo allá.
Un suspiro de resignación salió de sus labios y se dejó caer con fuerza a la cama. ´
A él más que nadie le gustaría quedarse un poco más junto a ella, pero era imposible. Había estado aplazando mucho el viaje y ya habían llamado a su madre preguntando si realmente tomaría uno de los departamentos allí en el campus.
Ellos habían pagado un poco más para que él pudiese tener un departamento solamente para él. Desde el principio, Sofia había dicho que necesitaba que él tuviera algo independiente puesto que cuando se compartía departamento con otro estudiante, su privacidad iba a ir directo al suelo. Además, con el noviazgo del muchacho, ella había dicho que era completamente necesario que fuese así.
Lo bueno había sido que, entre los dos, habían llegado a aquel acuerdo sin siquiera pensarlo. Él tampoco quería tener a nadie dentro de su departamento husmeando sus cosas. Y si era posible pagarlo, preferiría tenerlo. Había más pros que contras sobre vivir solo.
— Aún no he asimilado que te vas.
— Dejemos de hablar de eso, por favor —pidió el castaño sintiendo la melancolía apoderarse de su cuerpo—. Quiero que este día sea especial para los dos y si seguimos hablando del viaje, no lo va a ser.
— Tienes razón.
Con pesadez, los dos jóvenes se acomodaron en la cama para abrazarse. ¿Era normal no querer despegarse? Ellos pensaban que tal vez si lo era.
— ¿Te podré llevar en la maleta?
— Dijiste que no habláramos de eso —rió Aubrey, dándole un golpe en el hombro.
— Ya, perdón.
Pasaron la tarde viendo algunas películas y dándose alguno que otro beso. Realmente no querían que pasaran las horas y sentían que el momento se estaba pasando demasiado rápido. Pronto serían las cinco de la tarde y no habían tenido suficiente del otro.
Habían almorzado nuevamente en familia y habían soltado algunas lágrimas por el hecho de que Ansel tuvo que organizar sus maletas. Solamente le faltaban unas pocas cosas como su consola de videojuegos y algunas películas que Aubrey había comprado para que él mirase allí y no se aburriera. También habían llegado a un acuerdo de que no iban a mentirse por nada del mundo y sentían que no era necesario, ya que se conocían mucho pero igualmente lo habían decidido hacer.
— ¿Todo está listo? —Inquirió Sofía, revisando el cuarto de su hijo.
Ella había estado llorando todo el día y de alguna manera le agradecía a los muchachos que hubiesen estado ensimismados en el otro porque así, ella había podido lagrimear desconsolada en el hombro de su amiga, sin que le recriminaran o se sintieran peor de lo que ya se sentían.
— ¿Mamá? —Ansel se sintió algo perdido al ver sus ojos hinchados—. ¿Estuviste llorando?
— No, hijo. Comí miel.
A veces el castaño era algo crédulo y asustado se dirigió donde su madre y la revisó, buscando que todo estuviese bien con ella. No quería que le sucediera nada malo.
Sofia, con algo de culpa trató de calmarlo y le explicó que Jay le había hecho el favor de comprar algunas pastillas para la alergia y que se sentía mucho mejor para ese momento a lo que Aubrey soltó un “jum” y Ansel asintió, más tranquilo.
— Volviendo al tema —carraspeó, tratando de voltear el asunto—. Nuevamente pregunto. ¿Todo está listo?
— Si, mamá. Solamente hacen falta algunos calcetines.
— Perfecto, entonces bajemos esas maletas, cariño.
En silencio comenzaron a bajar todas las cosas que se llevaría Ansel y Aubrey cada vez sentía más grande el hueco que comenzaba a formarse en su pecho. Había estado tratando de alargar de alguna manera los días, levantándose a las siete de la mañana y yendo a visitarlo y devolviéndose a su casa casi a las once de la noche. Ni Jay ni Sofía habían dicho nada, por obvias razones.
— ¿Tu qué harás Bry? —Preguntó Jay cuando estuvieron con todas las maletas en la entrada.
— ¿Cómo así?
— ¿Irás al aeropuerto?
Aubrey miró a su madre seria y se cruzó de brazos—. ¿En serio?
— Ya, ya —levantó las manos Jay—. Entonces vete con Ansel y en otro auto iremos Sofia y yo. ¿Te parece?
— Está bien.
Con cuidado comenzaron a bajar las cosas y pararon un taxi para comenzar a subir todo. Como siempre, tenían que estar con dos horas de anticipación en el aeropuerto y aquello lo estaban cumpliendo.
— ¡Entra aquí! —Gritó Aubrey a su novio, que no sabía dónde subir.
— Gracias, iba a subir con mi madre.
— Si lo hubieras hecho, te cortaba la cabeza.
Los dos rieron y Ansel tomó la mano de ella, para apretarla y luego llevarla a sus labios. Quería que se sintiera tranquila, aunque por dentro aquel hueco ya hubiese consumido todo su ser.
Comenzaban a sentirse tristes con cada kilómetro que recorrían.
Y sus manos se apretaban cada vez más.
— ¿Estás bien? —Preguntó el castaño, viendo que su novia estaba mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos.
— Sabes la respuesta —tragó rápidamente saliva la chica comenzando a sentir ganas de llorar.
— No quiero dejarte llorando, Bry.
— Eso es imposible.
Ansel torció la boca—. Si llegas a llorar no me voy a ir.
— No me condiciones, por favor.
Durante el resto del trayecto no hubo más conversación y cuando llegaron al aeropuerto, un sollozo salió de los labios de Aubrey. Ya no podía mostrarse más fuerte. Estaba quebrándose con rapidez y su cuerpo no soportaría tragarse más las lágrimas. Ni siquiera había llorado la noche anterior o en la mañana. Estaba guardando todo, pensando que sería más fácil.