No estoy de humor para fiestas de fin de año. Sin embargo, aquí está la señora Mitchell con su esplendorosa sonrisa perfecta, perfectamente fingida. Me encuentro pavoneándome como si fuera la orgullosa esposa de un militar, entre amigos y cónyuges de las amigas de Grayson. —Entonces —sonríe Anaelis con un poco de malicia—, ¿para cuándo los hijos? La pregunta de la chica caucásica, de cabello castaño y tan delgada como un palillo, me deja helada. Hijos. Pero por supuesto que no quiero hijos. No ahora. No con él. —Brandon y yo queremos estar más estables —respondo con un tono irreprochable y con un poco de frivolidad. Aunque para ser sinceros, Grayson no me ha tocado ni con el pétalo de una rosa. —Te entiendo, cariño —una rubia típica, rellena y con unas copas demás, interviene en la con

