—¿Te apetece un té o un café? —pregunto mirando a Julian mientras me muevo por la cocina, en un rincón del estudio. Él está sentado a una mesa que hay junto a la pared. Lleva unos vaqueros, lo único que se ha dignado a ponerse después de ducharse. Los ojos se me van a su torso musculado y bronceado y me tiemblan las manos al ir a coger la taza. Con el pelo tan corto, sus pómulos parecen más huesudos y sus facciones son más marcadas que antes. Frunzo el ceño y me fijo más. Está más delgado de lo que recordaba, ha perdido peso. Como si no reparara en mi mirada, Julian se recuesta en la silla endeble que compré en IKEA y estira las piernas. Sus pies desnudos son tremendamente masculinos. —Un café, por favor —dice con pereza, mirándome. Me recuerda a una pantera que acecha a su presa. Trag

