—Buenos días, mi gatita —me susurra en el oído una voz familiar que me despierta; abro los ojos y veo a Julian sentado, inclinado sobre mí. Debe de haber venido directo de alguna reunión de trabajo porque lleva una camisa de traje en lugar de su habitual atuendo informal. Me invade la felicidad. Sonrío, levanto los brazos, le rodeo el cuello y lo acerco hacia mí. Me acaricia el cuello, el peso de su cuerpo me aprieta contra el colchón, lo envuelvo con el mío y siento su deseo excitante. Se me endurecen los pezones y por dentro me invade una humedad incontrolable; mi cuerpo se derrite al tenerlo tan cerca. —Te he echado de menos —me susurra al oído y me estremezco de placer, casi reprimiendo un gemido, al tiempo que baja su prodigiosa boca por el cuello y me mordisquea una zona delicada c

