El silencio en el ático de Emiliano era un grito. Habían pasado tres semanas desde que el portazo del apartamento en Astoria selló su destino. Tres semanas desde que regresó a Nueva York, no como un heredero poderoso, sino como un hombre desollado. El lugar, antes símbolo de independencia y control, ahora se sentía como una tumba de cristal. Cada superficie reflejaba su culpa. El perfume de ella seguía impregnado en el aire, ese aroma que usaba como Aimar, una fragancia que lo perseguía por las noches. Dormía poco. Comía menos. El dolor no era limpio; estaba contaminado por la rabia. Las palabras de Ginger le retumbaban en la cabeza como metralla: “Eres una carga.” “Te usé.” “Nunca fuiste tú.” Pero esas frases se mezclaban con el recuerdo de su cuerpo, con la desesperación de aquella últ

