La luz tenue del departamento proyectaba sombras sobre las paredes mientras ella se arrodillaba frente a mí. La nueva asistente, morena, de ojos negros intensos, hacía su trabajo me la chupaba, como si su vida dependiera de ello. Y aun así, no sentía nada. Mi cuerpo respondía por instinto, pero mi mente... mi mente estaba en otra parte. Azul. Maldita sea, Azul. Cada vez que esa boca se movía, no podía evitar imaginar otra. La suya. Suave, orgullosa, insolente. Esa boca que me desafiaba, que me había insultado, escupido su desprecio... y aún así, la deseaba como un enfermo. Cerré los ojos, imaginando sus rulos salvajes cayendo sobre sus hombros, ese cuerpo que se escondía bajo ropa austera y que ahora caminaba por la empresa sabiendo lo que provocaba. Ese escote no era casualidad. Esa

