Había tenido una mañana llena de clases. Entre apuntes, café frío y profesoras insoportables, lo único que quería era irme a casa, ponerme el pijama y olvidarme del mundo. Estaba saliendo del edificio cuando lo vi. Apoyado en su coche, con gafas de sol y esa maldita actitud de "soy el rey del mundo", Alessandro me esperaba como si fuésemos amigos de toda la vida. Crucé los brazos, frenando en seco. —¿Qué haces aquí? —le pregunté, sin ningún entusiasmo. —Te vengo a buscar —dijo con una sonrisa que no se me hizo ni un poco simpática—. Vamos a almorzar. —No, gracias. Estoy bien. —Azul, no seas pesada —dijo, abriendo la puerta del copiloto—. Sube. Tenemos que hablar. —No quiero hablar contigo —contesté, firme. —No te estoy preguntando si quieres —replicó con ese tono que usaba cuando s

