Salieron de casa de la abuela de los Ozdemir, y Serem recuperó un poco la compostura. No se sentía bien de hacerle creer a una anciana que ella era una señorita respetable. Ni siquiera el día anterior en que era aún Virgen se hubiera sentido preparada para conocer a la familia Ozdemir. Podía estar fascinada por Yagiz, por su encanto natural, pero sabía que los estándares del príncipe azul, junto a él se quedaban por el piso. Él era un caballero de los pies a la cabeza, y ese físico, no hacía otra cosa que tornar más difícil la decisión de alejarse de él. —¿Quieres que te lleve ya a casa?— preguntó al verla en el coche tan callada y ausente sumisa en sus propios pensamientos. Aún después de entender un poco a su Serem, a él le quedaban lagunas. Aún antes creía que esa inocencia

