—Si…Si quiero ser tu prometida—respondió por fin Serem y el espacio dentro de aquel vehículo se hizo grande, pues ella buscó la forma de fundirse en él en un abrazo que hablaba de lo emocionada que se sentía ante un sueño que nunca creyó posible. Más ahí estaba él, como un caballero de brillante armadura haciéndola sentir más valiosa que lo que en realidad era, al tomar su mano. Yagiz no perdió tiempo, y en santiamén sacó la joya que reposaba en el pequeño cofre y se lo colocó en el dedo del corazón a su ahora prometida. A Serem se le asomaron a los ojos, lágrimas de una felicidad a la cual no creía tener derecho. Y admiro esa fina joya de oro blanco y diamantes en su dedo, y lo vio a él a los ojos después. «¡Dios!¡Cuanto lo amaba, y que difícil se le hacía alejarse!» Se entregó d
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