– ¡Que mierda! – dice Adam, girando con una rabia en sus ojos. Busca al sujeto que estaba escondido entre las hojas de un arbusto al costado de la entrada de la casa de Eden. El hombrecillo estaba con una cara que denotaba miedo, Adam no era un hombre bajito y escuálido, pero tampoco un mastodonte como Andy. Era corpulento, alto y muy intimidante cuando se lo proponía y el pobre reportero estaba aterrado al verlo tan enfadado. – Adam, déjalo. – ¿Qué lo deje? ¿Estás segura? – Si, que nos importa que el mundo nos vea, será inevitable. Eden toma el brazo de Adam y se acerca donde el hombre los miraba con los ojos muy abiertos. – Escucha, puedes irte, pero la próxima vez pídenos una exclusiva o ponte más lejos. Arruinas el momento. – Si, si señora. Gracias. El suj

