El Fruto de la Victoria y el Veneno de la Celda Narrado por Mateo Smith Caminar por los pasillos de la prisión de alta seguridad es sentir cómo el oxígeno se vuelve pesado, cargado de un rancio olor a desinfectante industrial y desesperación contenida. Mis pasos resonaban en el concreto, un eco rítmico que me recordaba por qué estaba aquí. No venía como abogado defensor. No venía como el hermano que busca una reconciliación imposible. Venía como el albacea de un apellido que Ricardo había arrastrado por el fango y que yo, con un dolor que me quemaba las entrañas, estaba decidido a limpiar. Tras tres rejas electrificadas y un escaneo que pareció desnudarme el alma, llegué al locutorio. Allí, tras un cristal blindado que se sentía como un muro entre dos galaxias distintas, estaba él.

