Capítulo 5

1626 Palabras
El Peso de la Corona y el Asco de la Impunidad Narrado por Cameron Parker El frío metal del volante de mi SUV parecía quemar mis palmas, pero no era por la temperatura exterior de la ciudad. Era por la bilis que me subía por la garganta tras presenciar la escena más despreciable que mis ojos han visto en treinta y cuatro años de vida. He operado tumores malignos que devoraban órganos vitales, he visto la muerte cara a cara en salas de emergencia saturadas, pero nada, absolutamente nada, me había provocado una náusea tan profunda como ver a Ricardo Smith levantarle la mano a Elena Johnson. Estacioné el vehículo de forma errática, algo impropio de mi naturaleza obsesivo-compulsiva. Al bajar, el aire gélido de la mañana no logró enfriar el incendio que rugía en mi pecho. Soy un hombre de ciencia, de lógica y de una paciencia infinita, pero en ese momento, cada fibra de mi ser gritaba por una justicia que no se encuentra en los libros de medicina. Miré a Elena. Estaba en el suelo, pequeña, rota, contra esa columna de hormigón que parecía más humana que el hombre que se alejaba. Ricardo Smith. Un nombre común para un hombre común, con un alma tan gris como el asfalto. Lo vi ajustarse la corbata con esa suficiencia patética, midiendo apenas su metro setenta y ocho de arrogancia contra la inmensidad de un hospital que no sabía que le pertenecía a quien ahora lo juzgaba desde las alturas. Él no tiene idea de quién soy yo. Para el mundo, para este hospital y para el consejo médico, soy simplemente el Dr. Cameron Parker, el oncólogo que llegó de la Clínica Mayo con un currículum impecable. Nadie en este edificio, salvo quizás la junta directiva en sus archivos más privados, sabe que mi nombre completo es Cameron Parker-Blackwood. Nadie sabe que el apellido que oculto tras el guion representa el ochenta por ciento de las acciones de "Blackwood & Associates", el mismo bufete donde Smith cree que es un semidiós. Nadie sabe que este hospital, la torre financiera del centro y la mitad de las propiedades de lujo de la costa este son parte de un imperio que heredé y que gestiono con una mano invisible mientras la otra sostiene un bisturí. Mido un metro noventa y seis. Siempre he tenido que agachar la cabeza para entrar en algunos quirófanos antiguos, pero nunca me había sentido tan imponente como cuando me puse frente a Smith. Lo vi encogerse, aunque intentara disimularlo con su verborrea legal. Fue como ver a una hiena intentar rugirle a un león que acaba de despertar. —Elena, mírame —le dije, y mi voz, que suelo usar para dar diagnósticos terminales con suavidad, tembló de pura rabia contenida. Al tocar su mandíbula, sentí una descarga de dolor ajeno. El hematoma estaba subiendo, una mancha violácea que insultaba la belleza de su rostro. Elena Johnson es, sin duda, la cirujana más brillante que he conocido, pero en ese momento era una mujer a la que le habían robado el aire. Sus ojos, esos ojos que suelen analizar tomografías con una precisión quirúrgica, estaban nublados por un terror que me desgarró el alma. —¿Está todo bien, Dra. Johnsosn? —No, no está bien. Nada está bien cuando un parásito como Smith cree que puede ser dueño de un diamante como ella. Cuando Smith se atrevió a ladrar sobre su "propiedad" y su estatus en el bufete, tuve que cerrar los puños con tanta fuerza que mis nudillos crujieron. Si supiera que, con una sola llamada mía, con una firma en un documento que ya tengo en mi caja fuerte, podría convertirlo en un paria legal antes del almuerzo. Si supiera que yo soy el dueño del escritorio donde él pone sus pies. Pero no. No quería que mi dinero fuera el que lo detuviera. Quería que fuera la ley, la decencia y la fuerza de Elena. —Se acabó, Smith —dije, y el sonido de su apellido común en mi boca supo a ceniza. Lo vi huir. Porque los cobardes como él solo son valientes con quienes consideran más débiles. No sabe que se metió con la mujer protegida por el hombre más rico y codiciado del país, no por mi cuenta bancaria, sino porque he decidido que ella es la única persona por la que valdría la pena quemar todo mi imperio. La ayudé a levantarse. Su cuerpo temblaba contra el mío. Sentir su fragilidad me hizo sentir una responsabilidad que superaba cualquier contrato médico. La rodeé con mi brazo, sintiendo la diferencia de estatura, deseando poder envolverla en una armadura que nadie pudiera atravesar. "El soltero más codiciado", dicen las revistas de negocios. Si supieran que mi única ambición en este momento es limpiar la sangre de su labio y asegurarme de que ese tal Ricardo Smith nunca vuelva a respirar el mismo aire que ella. Caminamos hacia las puertas automáticas del hospital. Mi hospital. Mi territorio. Cada enfermera que pasaba nos miraba con curiosidad, pero mi mirada gélida las mantenía a raya. Elena caminaba como si estuviera en un sueño, o en una pesadilla de la que no podía despertar. —Cameron... —susurró ella cuando entramos en el ascensor privado—. Gracias. Pero no sabes lo que has hecho. Él es... él tiene contactos. Me permití una sonrisa oscura mientras el ascensor subía hacia mi oficina en el último piso. —Elena, él cree que tiene contactos porque conoce a los secretarios de los hombres con los que yo almuerzo. Él cree que tiene poder porque sabe usar las leyes para intimidar. Pero yo no uso las leyes para intimidar, yo las creo. La llevé a mi consultorio privado, un espacio que nadie más usaba. La senté en el sofá de cuero y fui por el botiquín de primeros auxilios. Mis manos, que nunca fallan en una sutura, estaban inusualmente calientes. —Voy a pedir las grabaciones, Elena. No como el Dr. Parker, sino como el dueño de este complejo. Mañana, Ricardo Smith recibirá una notificación que no podrá ignorar. No solo del divorcio que vas a pedir, sino de una demanda criminal que lo borrará del mapa jurídico. —¿Por qué haces esto? —me preguntó, mirándome con una mezcla de confusión y esperanza que me atravesó el pecho—. Apenas nos conocemos. Me arrodillé frente a ella. A pesar de mi altura, quería estar por debajo de su línea de visión, quería que ella sintiera que tenía el control. Le limpié la comisura del labio con una gasa empapada en antiséptico. Ella siseó de dolor y yo sentí un pinchazo en mi propio corazón. —Porque he pasado mi vida estudiando el cáncer, Elena —dije en voz baja, conectando mi mirada con la suya—. Y Ricardo Smith es un tumor. Un tumor maligno, invasivo y destructivo. Y tú... tú eres la vida que ese tumor está intentando extinguir. Como médico, mi deber es salvar la vida. Como hombre... bueno, como hombre simplemente no puedo permitir que el mundo pierda tu luz por culpa de un ser tan insignificante. Ella no sabe que mi apellido Blackwood significa que puedo comprar el bufete entero y cerrarlo mañana solo para dejar a su esposo en la calle. No sabe que tengo jets privados esperando y que mi fortuna podría alimentar a naciones pequeñas. Y no quiero que lo sepa todavía. Quiero que se enamore —si es que el destino me permite tal milagro— del hombre que la rescató en el estacionamiento, no del multimillonario que puede comprar su libertad. Pero mientras la veía ahí, intentando recomponer su dignidad, hice una promesa silenciosa. Ricardo Smith se sentía grande con su metro setenta y ocho y su apellido común. Yo, con mi casi dos metros de altura y el peso de un imperio sobre mis hombros, le enseñaría lo que significa realmente el poder. El diagnóstico para Smith no sería una cirugía limpia. Sería una amputación total de su vida pública, profesional y personal. Y yo, Cameron Parker-Blackwood, sería el cirujano encargado de que no quedara ni rastro de su existencia en el mundo de Elena Johnson. —Descansa aquí, Elena —le dije, dándole un beso suave en la frente, un gesto que rompió todas mis reglas profesionales pero que mi corazón exigía—. Hoy el hospital funciona sin ti. Y mañana, el mundo funcionará sin Ricardo Smith. Salí de la habitación y saqué mi teléfono personal, aquel que solo tiene cinco contactos. —Julián —dije cuando atendieron al primer tono—. Soy Cameron. Necesito que prepares el mazo de hierro. Vamos a destruir a un abogado llamado Ricardo Smith. Sí, el esposo de la Dra. Johnson. No me importa el costo. Quiero que para el lunes no tenga ni licencia para conducir. Colgué la llamada. El soltero más rico de América tenía mucho trabajo que hacer, y por primera vez en mi vida, el dinero y el poder tenían un propósito real: proteger el corazón de la mujer que, sin saberlo, acababa de convertirse en mi único y verdadero imperio. Nota Importante El verdadero poder no es el que se usa para oprimir, sino el que se tiene y se decide no mostrar hasta que es absolutamente necesario para proteger a los inocentes. Ricardo Smith cometió el error de confundir el silencio de un gigante con debilidad. En el amor, el respeto es la única moneda válida; cualquier otra cosa es una deuda que se paga con el alma. Elena aprenderá que, a veces, el destino te quita un parásito para poner en tu camino a un protector que no necesita gritar para ser escuchado.
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