La Danza del Último Aliento

942 Palabras
Nos llevaron al gran salón antes del anochecer. Las antorchas ardían más altas que la noche anterior, como si quisieran iluminar hasta el último rincón de nuestra humillación. El suelo había sido despejado. Alfombras gruesas cubrían la piedra, y al fondo, elevado sobre tres escalones de mármol oscuro, estaba el trono. Él ya estaba sentado. El rey. No llevaba armadura, solo una túnica negra con bordados en hilo dorado que atrapaban la luz del fuego. Sus manos descansaban sobre los brazos del trono con descuido, como si aquello fuera un entretenimiento más en una jornada aburrida. A su derecha, sus generales. A su izquierda, las favoritas. Ellas nos observaban con una mezcla de superioridad y curiosidad. Algunas sonreían apenas. Otras parecían tensas, como si temieran que alguna de nosotras pudiera arrebatarles el lugar que tanto les había costado conseguir. Nos alinearon frente a él. Una a una. El comandante de ojos como jade anunció que comenzaría la prueba. La primera mujer avanzó temblando, pero cuando empezó a cantar, su voz llenó la sala con una dulzura inesperada. Era una melodía melancólica, cargada de nostalgia. Algunos guardias intercambiaron miradas. El rey no cambió su expresión. Un leve movimiento de su cabeza. La mujer fue retirada. La siguiente bailó. Sus movimientos eran suaves, ondulantes, aprendidos para agradar. Sus manos recorrían el aire. Hubo murmullos de aprobación entre los hombres. El rey tomó vino. No la miró más de unos segundos. Otro gesto. Arrastrada fuera. Algunas intentaron hablar en varias lenguas. Recitaron poemas en idiomas extranjeros, alabaron su grandeza, demostraron conocimientos adquiridos para sobrevivir. Una incluso relató batallas antiguas con precisión admirable. Nada. Un simple movimiento de cabeza bastaba. Las que no cumplían su expectativa eran sujetadas por los brazos y sacadas entre súplicas y llanto. El sonido de sus uñas raspando el suelo se me clavaba en la piel. La mayoría fue desterrada. Las vi desaparecer por las puertas laterales. Sentí que algo se rompía dentro de mí con cada una. Cuando quedamos pocas, el aire se volvió más pesado. Ya no había murmullo. Solo expectativa. Yo no tenía idea de qué hacer. No sabía cantar como esas mujeres. No dominaba lenguas extranjeras. No había aprendido a moverme para seducir. Fui criada para gobernar, para administrar justicia, para dirigir ejércitos. No para entretener a un monstruo. Lo único que sentía con claridad era el peso de la daga escondida contra mi pecho. Como si tuviera vida propia. Me dejaron al final. Fue intencional. Estaba segura de ello. Lo supe por cómo las favoritas me observaban con atención. Por cómo los generales inclinaban apenas el cuerpo hacia adelante, interesados. Incluso los sirvientes que llenaban copas parecían contener la respiración. Todos menos él. Él lucía hastiado. Aburrido. Como si todo aquello fuera una repetición tediosa. Cuando finalmente pronunciaron mi turno, avancé. No incliné la cabeza. Lo miré a los ojos del color de la ceniza después del incendio. En nuestra cultura existe una danza para reverenciar al dios de la guerra, Huitzilopochtli. Una danza que no se ejecuta para agradar a los hombres, sino para invocar fuerza, protección y victoria. Hoy, más que nunca, necesitaba su cobijo. Me detuve en el centro del salón. Respiré. El suelo bajo mis pies dejó de ser mármol extranjero. En mi mente era tierra sagrada. Era el patio del templo. Era el tambor resonando en el pecho. Comencé con pasos firmes. El talón golpeando primero. Luego la planta completa. Ritmo constante. Como un corazón que se prepara para la batalla. Elevé los brazos hacia el cielo, dedos extendidos, llamando al dios del sol y la guerra. Mis manos descendieron en círculos amplios, como si recogieran energía del aire. Giré. Un giro fuerte, marcado. Mis pies trazaron un patrón en cruz sobre el suelo. Norte, sur, este, oeste. Honrando los rumbos del mundo. Mi torso se inclinó hacia adelante. Luego hacia atrás. Mis brazos imitaron alas desplegándose. No era una danza suave. Era firme y poderosa. Cada golpe de pie era un llamado. Podía imaginar los cascabeles en mis tobillos, el penacho vibrando con cada movimiento, el eco de los tambores marcando el pulso de la guerra. El salón guardó silencio mientras yo avanzaba igual que un felino. Bajé el cuerpo poco a poco. Las rodillas flexionadas. Las manos tocando el suelo. Me moví a gatas, lenta, controlada, sin despegar la mirada de sus ojos color ceniza. Escuché exclamaciones ahogadas. Una favorita dejó escapar un suspiro de sorpresa. Juro que podía sentir la tensión de los generales, su mirada cautelosa sobre mí. Él no se movió, ni me detuvo. Me acerqué hasta quedar frente a él. Tan cerca que podía ver la leve sombra de barba sobre su mandíbula. Sentía la sangre rugir en mis oídos. Guiada por la adrenalina, dejé que mis manos ascendieran por mi propio cuerpo en un movimiento que había visto antes esa noche. Imité el gesto de una de las mujeres anteriores. Algo tenía que aprender de ellas. Mis manos se detuvieron sobre mi pecho. Mi respiración se volvió más lenta y profunda. El salón entero parecía suspendido en un hilo invisible. Me incorporé apenas y, en un movimiento fluido, me acomodé sobre su regazo. Hubo un murmullo colectivo. Vi de reojo como sus generales se pusieron de pie. Mientras que él seguía inmóvil. Su mirada ya no estaba hastiada. Ahora era intensa. Curiosa. Mis dedos encontraron el lugar exacto. El filo frío contra mi piel. La daga. La saqué con precisión. El metal brilló bajo la luz de las antorchas. La alcé sobre mi cabeza. Por un segundo eterno, el mundo dejó de existir. Solo éramos él, yo… y el filo suspendido en el aire.
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