"Estoy agotada y, por lo que puedo ver, Megan también, y eso es entendible, pues ha pasado tanto en solo un día. Cuando llegamos a casa, los chicos nos esperan en nuestra pequeña sala y la reciben con abrazos y besos. Jamás los había visto de esta manera. Román viene, toma mi rostro y me besa en la mejilla, luego me abraza. Mis lágrimas corren por mis mejillas porque el miedo sigue ahí, a pesar de que estoy segura de que esto ha acabado y que, por lo pronto, no me voy a preocupar por Gabriel. Él me sonríe y limpia mis lágrimas. —Ya no tienes nada de qué preocuparte, todo ha acabado. Respira con paz, tienes a tus hijos a tu lado y ahora ni siquiera los podrá ver. Yo suspiro, porque tienes razón, debería tranquilizarme, pero es que mi mente no deja de jugar, de pensar en cada cosa que pudo

