Maia iba a visitarla todos los días, antes del medio día y almorzaban juntas. Rachel parecía estar bien, cómoda en su casa, donde pretendía quedarse. Aquella tarde Esteve fue a visitarla, después de varias semanas. Ella lo había llamado para que le llevara las cosas que entre su padre y ella habían comprado para el bebé. Tocó la puerta, ya estaba allí. Rachel miró sus manos, no traía nada. — ¿Puedo pasar?— Rachel se hizo a un lado. — Pasa. — siguió hasta el salón seguida por el. —¿Tienes las cosas en el coche? — No he traído nada de eso, Rachel. Quiero que nos vayamos hoy a casa. Ya estoy cansado de esta rabieta tuya y no es bueno que no tengas compañía. — No es una rabieta, Esteve. He decidido quedarme aquí. — Habíamos acordado que irías a casa, que estarías allá para cuand

