—¿Qué me recomienda? —preguntó Gabriel mirando la carta. Yo jugaba con Mary, ella era mi mejor consuelo. Gabriel, por sí mismo, la había llevado a mi lado un par de meses atrás, y yo le agradecía demasiado. A veces, viendo todo el bien que me hacía esa pequeña, me arrepentía de no haberme arrepentido en cuanto al bebé de Abraham. —Que deje de invitar a salir a mi novia —respondió una voz que, aunque lo intenté, no pude sacar nunca de mi cabeza. Levanté la mirada y, en la puerta a la mesa privada donde pretendíamos comer, estaba de pie un hombre que me había resignado a no volver a ver. Solté a Mary y, como pude, me puse de pie, entonces caminé a tropezones hasta un sujeto idiota que sonreía idiotamente. Mis lágrimas me dificultaban el verle con claridad, por eso no lograba conven
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