El humo azul descendió desde lo alto de sus cabezas hasta debajo de sus barbillas. Mykal pensó que la magia había fallado. Estaba seguro de que seguían en el pasillo del castillo. No lo eran. La magia funcionó. Las manos de Mykal seguían aferradas a los antebrazos de Quill y Eadric. Los tres se quedaron quietos dentro de la montaña, bajo la escalera. Estaban justo donde habían empezado, casi como si nunca se hubieran aventurado a subir peldaños. Blodwyn, frente a ellos, sostenía su bastón en el aire dispuesto a asestar un golpe mortal, pero entonces exhaló bruscamente. Sus ojos se abrieron un poco más, y las duras líneas de su rostro y su frente se suavizaron al reconocerse. —Ha sido increíble —dijo Quill. —¿Están bien? —dijo Mykal, en cuanto el resto del humo azul se disipó y pudi

