Visitó la casa de sus padres. Caminaba con tristeza por la tan conocida senda recordando con añoranza la alegría de otros tiempos, cuando llevaba a su madre un buen pescado, una cesta de frutas o una pieza de cordero comprada en el mercado. Caminaba despacio por el polvoriento camino, le pesaban las piernas, le pesaba el cuerpo como en esas pesadillas en las que uno quiere correr, huir, y no puede. Qué extraño se le hacía todo aquello sin el olor del mar, sin el omnipresente rugir de las olas como música de fondo. En vez de ello, silencio, un enorme vacío que succionaba sus pensamientos irremediablemente como un agujero n***o instalado en la tierra. La evidencia era demasiado abrumadora, aquello no era una pesadilla, era peor, era real. No había posibilidad de despertar, de alivio, de consuelo, de restablecimiento.
Avistó la casa de sus padres en la distancia. Le pareció vieja y cochambrosa. A medida que se fue acercando, la tan familiar silueta logró levantarle el ánimo: el viejo porche, las dos ventanas con las cortinas de flores azules de su madre, la puerta de entrada verde con el pomo n***o, el tejado gris, la bicicleta oxidada de su padre apoyada en un lateral de la casa, la huerta siempre llena de hierbas... Todo ello le traía buenos recuerdos.
Saludó desde lejos a su padre, sentado al resguardo del porche, con la misma manta de cuadros de siempre tapándole las piernas. Este levantó el brazo derecho a media altura con un gesto lento, para dejarlo caer sobre su regazo con la misma lentitud. Era obvio que no le había reconocido, pero Abai no esperaba que le reconociera. Su padre llevaba años sumido en crisis de ausencia cada vez más frecuentes y largas, hasta llegar a un estado de alejamiento permanente en el que solo por unos instantes parecía volver a la vida real, reconocer a su esposa, su casa, su viejo entorno, a sí mismo, para volver a partir, de la misma manera que había llegado, hacia algún recóndito lugar dentro de sí mismo. Desterrado en su propio cuerpo. Llegó frente a él y le sonrió. Se sabía de memoria las arrugas de su frente, el largo y poblado recorrido de su bigote, la pronunciada protrusión de su labio inferior, la siempre elegante caída de su flequillo blanco. Era su padre, el de siempre, un poco más viejo, un poco más ausente.
—¡Hola, padre!
Él le miró. Sus labios dibujaron un amago de sonrisa, pero era obvio que no le había reconocido. Subió los tres escalones de madera que daban acceso al porche, se acercó hasta él y le besó en la frente.
—Hola, padre...
Lo repitió con una voz casi inaudible, como si hablara para sí. Era muy doloroso ver a su padre de aquella manera, pero a la vez sintió alivio de que no fuera testigo del gran desastre que se acababa de producir. A su padre, hombre recio de mar, de quien había aprendido todo lo que sabía sobre la pesca, la navegación, los caprichos de las aguas, se le habría roto el corazón al contemplar el devastador espectáculo. Le acarició la espalda. “Qué bien, padre, que no lo hayas visto...”.
Su madre hizo acto de presencia. Sonrió a su hijo con dulzura y tristeza y le besó en la mejilla.
—Creí oír voces...
—Madre, ya sabrás...
—¿Lo del mar? Sí, lo he oído.
Su madre no pareció darle gran importancia, lo cual dejó a Abai algo contrariado. Se acercó hasta su esposo.
—¡Mira quién ha venido a vernos... Tu hijo Abai!
Le hablaba como a un niño pequeño. Él musitó algo que Abai no pudo entender, a la vez que hizo un gesto parecido a encogerse de hombros.
—Dice que se alegra de que estés aquí.
Abai no creyó a su madre. Ella parecía vivir en un mundo paralelo al de los demás, interpretando las cosas de la vida a su manera, sin importarle las opiniones del resto de los mortales o incluso las sensaciones que le transmitían los sentidos. Lo que no le gustaba, simplemente, no existía, y lo que a ella le hubiese gustado, con la misma simpleza, lo fabricaba de la nada. Hacía más de dos años que su padre no hablaba. Contempló por unos instantes la cara sonriente de su madre, luego miró a su padre y sintió que ellos tres vivían en dimensiones diferentes.
—Madre, ya no hay mar.
—Eso he oído. Ven, entra, ¿te quedarás a dormir?
—Creo que sí. ¿Y padre?
—Ahí lo ves... Descansando, como siempre. Bien se merece un descanso el hombre.
Siguió a su madre hacia el interior de la casa convencido de que ella no era plenamente consciente del estado de su padre, o quizá sí lo era pero había decidido ignorarlo y fabricarse su propia realidad.
Dedicó un buen rato a limpiar la huerta de hierbas y maleza. Reparó la valla. Se acercó hasta la bicicleta oxidada y recordó con melancolía cómo su padre llegaba de faenar en el mar, él siendo solo un niño, pedaleando alegremente con la cesta llena de pescado y un cigarrillo entre los labios. La misma bicicleta con la que él había aprendido a pedalear. Accionó el timbre, sonó apagado y ronco como un grillo muerto al que el viento hace frotar las alas por accidente. Pareció decirle “déjame, ¿no ves que ya no tengo razón de existir?”. El marco oxidado, las cubiertas de goma cuarteadas, la cadena anquilosada. Parecía todo un símbolo de lo que era aquella casa, sus padres, su pasado.
Se acercó hasta el porche y se sentó en una silla al lado de su padre. Este pareció no percatarse de su presencia. Conocía aquel paisaje de memoria: las colinas peladas, los matorrales castigados por el viento, el camino de tierra gris. Desde allí no se veía el mar, apostado detrás de las lomas, pero siempre habían sentido su presencia como si fuera un ser querido, cercano, parte de la familia. Abai contemplaba ahora las colinas con tristeza, sabiendo que el mar ya no se encontraba al otro lado. Miró a su padre, sus ojos abiertos, parpadeos lentos y espaciados, su expresión imperturbable. Parecía también contemplar las colinas como si supiese que algo fatal había ocurrido más allá. Aferró su mano dura y huesuda, sitió su piel gruesa, fría, acarició la mancha amarilla de nicotina en su dedo índice de los miles de cigarrillos que había fumado. Se preguntaba si notaría el contacto de su mano. Frunció el ceño como si hubiese visto algo en el horizonte. Abai miró en la misma dirección pero no vio nada. Quizá fue algún pensamiento... “¿Qué es lo que pasa por tu mente, padre?... ¿Dónde estás?... ¿Cómo has llegado hasta allí?... Si pudieras volver, solo por un instante...”. Así dejó pasar el tiempo, sentado junto a su padre, mientras el sol caía, el viento agitaba la hierba y los gorriones volaban de vuelta al nido. Tenía la esperanza de que, de alguna manera, él advirtiera su presencia sintiéndose acompañado.
La cena transcurrió en silencio, una sopa de patata, zanahoria y pedazos de brema. Su padre era capaz de alimentarse por sí solo una vez que tenía el plato delante y la cuchara en la mano. No parecía importarle la comida, se limitaba a engullir como un autómata lo que su mujer cocinara sin mostrar ningún tipo de emoción. Cuando la comida del plato se acababa, permanecía quieto, inexpresivo, con la cuchara todavía en su mano derecha. Entonces, su mujer, pacientemente, le retiraba la cuchara y el plato y le secaba los labios con la servilleta que le colgaba del cuello de la camisa. La misma rutina se repetía en cada comida. Abai contemplaba la escena con gran tristeza y resignación. Su madre acompañó a su padre a la cama.
—Buenas noches, padre, que descanses.
Se esforzó en sonreír, mirándole a la cara, sin esperar respuesta, ni siquiera una mirada de reconocimiento, poniendo en aquella rutinaria frase todo su amor. Se quedó solo sentado a la mesa. Miraba a su alrededor contemplando lo que durante tantos años había sido su hogar, hasta el día en que decidió que el Latón sería su casa. No había cambiado nada: la cocina de leña de su madre, la misma mesa y las mismas sillas, el mismo suelo de madera, las mismas estanterías, los mismos platos, los mismos pucheros, el mismo jarrón perlado con flores de plástico, los mismos santos de su madre, figuritas, estampas, plegarias. Sintió que aquel ya no era su hogar y tuvo la certeza de que había vuelto para despedirse.
Su madre retornó a la mesa con una caja de madera donde guardaba las agujas, hilos y otros útiles de coser. Se colocó unas gafas de leer de gruesa montura que Abai le compró en el mercado el último otoño.
—¿Padre duerme bien?
—Se despierta a veces, hay que acompañarlo a orinar. Se agita, mueve las piernas con fuerza y me da patadas. A veces se lo hace en la cama, pero normalmente se aguanta bien.
Abai escuchaba en silencio.
—Si se orina en la cama se pone muy inquieto, el pobre grita y llora.
A Abai se le hundía el corazón en el pecho al oír las palabras de su madre.
—Madre, no sé cómo podría ayudaros.
Su madre dejó de coser por un instante y miró a su hijo por encima de las gafas de aumento. Este se dio cuenta de que estaba muy cansada, había adelgazado, sus ojeras se habían acentuado. Tardó un rato en responder.
—Abai, querido, me basto sola para cuidar de tu padre.
Supo que no dejaría a nadie interferir con los cuidados de su padre. Era su misión actual, su razón de existir. Se consagró a él el día en que se casaron y así habría de ser hasta su muerte. Era una mujer terca, dura, voluntariosa y muy religiosa. Su respuesta era absoluta y precisa. No admitía réplica. No necesitaba aclaración. Abai permaneció callado. Intuyó el doble sentido de su respuesta: por un lado, el de esposa dedicada con orgullo, por otro, el de madre compasiva. Con sencillez, sin ceremonias ni grandes gestos, haciendo una breve parada en su faena diaria, le había dado a entender claramente que no dejaría que nadie excepto ella cuidase de su marido y a la vez, que se centrara en su vida, que no se preocupara de los viejos, que eso era asunto de viejos. Que viva, que vibre, que ame, que camine su propia senda.
Al día siguiente despertó muy temprano. Se levantó y se acercó hasta la ventana. Miró hacia las colinas, el cielo empezaba a clarear, limpio y bello como en tantos otros amaneceres que había contemplado desde su barco, pero supo enseguida que el mar no había vuelto, el vacío seguía allí dolorosamente presente. En su mente quedaban retazos de un extraño sueño en el que se había encontrado en presencia de una bella mujer que no conocía caminando por la calle de una ciudad grande y extraña, cargada de luces, a altas horas de la mañana. Había visto un mar enorme y gigantescos barcos. Fragmentos de música, baile, labios rojos, olor a vodka, risas... Se vistió y salió de la casa sin hacer ruido. Sus padres todavía dormían. Cogió el hacha de su padre, la colocó en la carretilla de madera y se dirigió al bosque. Localizó un árbol caído, un viejo gigante gris rodeado de maleza, la madera todavía sin pudrir, y lo hizo pedazos. Primero lo despojó de ramas y las arrastró hasta los lindes del bosque. Luego, con el tronco ya pelado, se dedicó a trocearlo con golpes certeros, calculados, sin derrochar energía pero descargando su furia en cada golpe del afilado metal contra la indefensa madera. Le llevó tres horas despedazar al gigante caído, mares de sudor y arañazos por la cara y el cuerpo como si el viejo árbol hubiese estado defendiéndose. Se concentró en su faena, consiguió abstraerse de la realidad por unas horas, absorto en la mecánica de cada golpe de hacha. El sonido terrible y seco del metal contra el tronco parecía atemorizar al resto de los árboles. Luego cargó con cada madero hasta la carretilla, y una vez llena, la empujaba despacio pero con gran determinación hasta la casa de sus padres. La misma operación la repitió incontables veces aquel día, una y otra vez, hasta que el árbol caído se transformó en una gran pila de troncos en la trasera de la casa. Calculó que tendrían leña para más de dos meses, quizá tres. Su madre le contemplaba ir y venir sin decir nada. Para cuando terminó la faena, sudoroso y agotado, la mayor parte de la tarde ya había pasado. Le dolían las manos, la espalda, las múltiples raspaduras por todo el cuerpo. Se acordó de que no había comido desde la noche anterior. La furia le abandonó de repente. Se sentó en la escalera del porche, dolorido y abatido, exhausto. Respiraba hondo, los oídos le pitaban. De repente le entraron ganas de reír. Se acordó de su padre, volvió la cabeza y se lo encontró en el sitio de siempre, pero le estaba mirando. Se sobresaltó. Por un instante pareció que le había reconocido y que iba a decir algo. Se miraron. Abai creyó ver un atisbo de vida en su mirada, le sonrió y él le devolvió la sonrisa.
—¡Padre!
Luego hizo varios gestos repetitivos con la cabeza sin aparente sentido y el brillo de su mirada se volvió a apagar.
—Padre...
Repitió en una voz casi inaudible.
—Padre, sé que me has reconocido, lo sé.
Aquel breve instante había iluminado su día como un precioso destello mágico.
Su madre se asomó al porche.
—Abai, deberías comer algo o vas a desfallecer.
—Voy, madre.
Se levantó. Las piernas le temblaron un instante, el cuerpo dolorido. Se giró despacio, se acercó hasta su padre y le besó en la frente antes de entrar en casa.
Aquella noche soñó que el gran árbol caído le hablaba:
—Abai...
Se sobresaltó, los brazos quietos en lo más alto justo antes de descender para asestar el siguiente hachazo.
—Abai, no temas. Puedes cortarme sin miedo, yo ya estoy muerto y no siento nada.
—Lo siento, yo no quería...
—No importa, no lo sientas. Sé que alimentaré el fuego que calentará a tus padres este invierno y eso me place. Continúa...
Abai continuó su faena. El viejo árbol siguió hablándole:
—Has de partir, muchacho. Aquí ya no hay nada para ti. El mar no volverá.
—¿No volverá?
—No. Se ha ido para siempre. Sus aguas buscaron otras aguas, sus peces buscaron otros peces. Otro océano te espera a ti también. La vida es un gran ciclo, un hermoso viaje con un principio y un fin. El mío ya ha terminado. Nací de una pequeña semilla, crecí a través de innumerables primaveras, soporté nieves y vientos helados, alcancé una altura que nunca creí imaginable. Llegó mi hora y lo acepté. Fui un árbol feliz. Tú has de buscar tu camino, surcar las aguas de tu propia felicidad. No temas, sé valiente y siempre observa el mundo con los ojos del corazón: son los ojos de la sabiduría.
Despertó temprano, como el día anterior. Se levantó, le dolía todo el cuerpo. Se vistió y salió de la casa. El cielo empezaba a clarear por el este. Caminó hacia la caseta donde se guardaban las herramientas y se paró a contemplar la gran pila de leña que había amontonado el día anterior. Las palabras del viejo árbol de su sueño resonaron en su cabeza. Una vez en la caseta buscó bajo un ladrillo una vieja caja de metal donde guardaba sus ahorros. Volvió a la casa, sus padres aún dormían. Dividió los billetes en dos grupos: uno grande y otro pequeño. Cogió el fajo grande y lo metió en la caja de coser de su madre. El pequeño lo dobló cuidadosamente y se lo introdujo en el bolsillo. Luego, sin hacer ruido, volvió a salir de la casa cerrando con cuidado la puerta. Caminó varios metros antes de volver la mirada atrás: la casa se veía hermosa a aquella hora, bañada por la primera luz del alba. Las estrellas se apagaban poco a poco abrumadas por la intensidad creciente de la luz solar, un intenso fuego rojo teñía el horizonte. Le pareció un amanecer perfecto para comenzar una nueva vida.