Las manos de Ollie inmediatamente intentaron ocultar sus orejitas sobre su cabeza y su cola rodeó con firmeza su cintura. El absoluto terror reflejaba su rostro mientras seguía observando a Roman, en silencio. —Esto… No… —balbuceó, y sus ojos ámbar se volvieron acuosos. —Parece que tienes algo interesante ahí, Sunshine, pero ahora debemos de concentrarnos en este idiota —anunció, señalando a su abuelo desmayado en el suelo. —Pero… —pronunció, mordisqueando su labio inferior con nerviosismo. —Sí, vi unas orejitas lobunas muy adorables junto a una animada cola, pero, realmente… —señaló a su abuelo—. Creo que debemos de ocuparnos de él en este momento, ¿no? —¿Adorables? —repitió, limpiando las casi lágrimas que habían salido en su miedo. —Sunshine —repitió. —Sí, está bien, después —asi

